¿Fatiga pandémica?

La vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta.

Alejandro Dumas

La pandemia del COVID-19 nos ha colocado como especie en lo que en psicología se denomina la respuesta de lucha o huída, un mecanismo de defensa evolutivo que se presenta cuando nos encontramos frente a un peligro. Es una reacción inmediata para evitar que nos hagan daño pero ¿qué ocurre cuando esta crisis dura meses y aparentemente no tiene un final señalado? ¿Qué ocurre cuando no podemos luchar o huir?

Para muchos de nosotros esta emergencia continua se puede estar manifestando en una fatiga emocional permanente.

¿Pero qué es lo que significa esto exactamente para nuestro día día, y qué consecuencias puede tener para el futuro tanto en la lucha que nos queda por delante contra este coronavirus, como en nuestra salud mental, ahora y después?.

Son ya muchos autores quienes se han referido a esta situación emocional como fatiga pandémica, o síndrome de la fatiga pandémica. Quiero dejar claro que esto no es algo que presente una evidencia más allá de la agrupación de una serie de síntomas que parecen estar presentándose en muchas personas como una reacción emocional a la situación que estamos viviendo.

No es una clasificación clínica que esté soportada en la evidencia científica, pero que está viniendo muy bien para ponerle nombre a lo que parece ser una serie de trastornos que muchas personas están compartiendo en estos momentos
La pandemia nos está conduciendo a consecuencias psicológicas, tanto a nivel individual como colectivo. 

A nivel individual nos encontramos, como ya hemos dicho en alguna ocasión, tristes, con dificultad para concentrarnos, con desesperanza y preocupación por el futuro, nuestro y de las personas que queremos, con miedo a podernos contagiar, o que se contagien las personas que queremos, y muchas otras sensaciones desagradables que nos hacen sentir en permanente incomodidad. 

Todo esto nos coloca en una situación de alerta continua, que puede resultar complicada de manejar y presentar tanto efectos tanto agudos, es decir en el momento, como crónicos, que se mantengan durante el tiempo, y que puedan llegar a dificultar nuestra estabilidad emocional en una situación como la que estamos viviendo.

A nivel colectivo, no es extraño que veamos cómo muchas personas han ido derivando hacia creencias irracionales que no tienen nada que ver con la evidencia científica, incluso negando la existencia del coronavirus o de la propia enfermedad. También hemos hablado de ello, cuando comentábamos cuestiones relacionadas con las teorías conspiranoícas o el negacionismo.

Estos fenómenos, a medida que pasa el tiempo, van encontrando espacio en quien está cada vez más desesperanzado o desesperado por lo que está ocurriendo. Algo que además está siendo alimentado por el falso dilema de economía o salud, que nos pone en una pretendida posición de elección de vida o muerte. Es un debate interesado que hace, en muchos casos, que sean cada vez mas quienes cuestionan las evidencias científicas o las fuentes oficiales. Personas que son atrapadas fácilmente por quienes manejan el sistema de noticias falsas a la perfección.

Esta vulnerabilidad viene provocada por el cansancio, por la fatiga, por una situación que no parece tan evidente como puede ser una catástrofe natural, una guerra, o cualquier otra cosa en la cual veamos peligrar nuestra integridad física. Y termina consiguiendo que muchas personas vayan relajando las medidas de protección que toman o que estaban tomando, y se pongan a ellos y a sus entornos más cercanos en un serio peligro de contagio.

Por otro lado también encontramos a aquellas personas, que sin ser conscientes de ello, están produciendo diferentes clases de fobia, la mayoría de ellas relacionadas con espacios supuestamente son peligrosos, o lo que es peor, quienes directamente deciden auto confinarse, no salir a la calle para nada, y llegan a desarrollar una suerte de agorafobia, que puede llegar a consolidarse, y necesitar tratamiento psicológico.

Asimismo, nos encontramos con diferentes niveles de expertos en pandemias o en comportamiento humano, que están permanentemente ejerciendo de agoreros, sin ninguna base, diciendo que es lo que se tiene o no se tiene que hacer, en diferentes lugares, para que la pandemia no se siga extendiendo. Durante el confinamiento a este fenómeno lo conocimos por la “policía de los balcones”, que eran aquellas personas que creían tener que vigilar, para que otros cumpliesen. Algo que pudo estar propiciado por algunos responsables políticos que de forma irresponsable, alentaron este tipo de conducta vigilante. 

Paradójicamente, éste fenómeno viene aparejado, en mucho casos con claros incumplimientos de las medidas de protección.

Estas y muchas otras conductas y comportamientos, están provocados por la situación que estamos viviendo y por el tiempo que dura la misma, y probablemente, por una forma equivocada de comunicar o de gestionar el lado comunitario y comportamental de una crisis de salud como la que estamos viviendo.

Decirle a las personas lo que tienen que hacer, y esperar que lo cumplan, no funciona.

La medicina y la psicología lo llevan haciendo hace mucho tiempo con los tratamientos, y uno de nuestros principales problemas es precisamente el que las personas no los sigan. Es lo que se denomina adherencia, que se refiere al grado en el que el paciente sigue las indicaciones del profesional sanitario. Pretender que muchas personas, en este caso la población completa, siga las indicaciones es, cuando menos, una quimera imposible de cumplir. Al menos mientras no consideremos muchos otros aspectos que no solo tienen que ver con la información, la comunicación, la responsabilidad, o la culpabilización.

Y en este escenario es donde aparece lo que se ha dado por denominar síndrome de fatiga pandémica. Vamos a intentar explicar qué es, que no es, y qué consecuencias puede tener tanto ahora como en el futuro para nosotros y para la sociedad.

Recordemos, la fatiga pandémica no es una condición psicológica o médica diagnosticable; es simplemente un término para describir el impacto de los factores estresantes relacionados con COVID-19 en nuestros sentimientos, pensamientos y comportamientos.

10 signos de fatiga pandémica

1. No somos tan cuidadosos con la utilización de las mascarillas o con las medidas de higiene y protección

2. Tenemos menos cuidado con el distanciamiento físico

3. Supuestamente estamos durmiendo lo suficiente pero, a pesar de esto, nos sentimos agotados.

4. Estamos más irritables, impacientes o enfadados.

5. Nos molestan cosas que antes no lo hacían

6. Nos sentimos estresados por cosas que antes manejábamos bien

7. No le dedicamos tiempo a cosas que antes nos hacían disfrutar

8. Pensar en el futuro nos agobia

9. Hemos aumentado el consumo de alimentos, alcohol o drogas o medicamentos

10. Concentrarnos es una tarea que a veces resulta imposible

¿Qué podemos hacer para reducir el impacto de la fatiga pandémica?

Guy Winch en Psychology Today nos propone algunas claves que nos puedan permitir retomar el control de nuestra vida en estos momentos.

  1. Si sentimos que hemos bajado nuestro nivel de alerta y de compromiso con las medidas que consiguen mantener al virus a raya, recuerda que estos hábitos son una de las pocas formas en las que podemos sentir que estamos controlando la situación. Es importante que lo hagamos para sentirlo así y evitar las desesperanza o indefensión. Es lo que podemos hacer. No bajemos la guardia. 
  2. No recurras a comida, sustancias o medicación para mitigar las emociones difíciles. En lugar de ello, identifícalos y clasifícalos. Muchas de ellas son razones evidentes, como las personas cercanas o nosotros mismos, que podemos estar expuestos a contagio. Otras vienen de abrir la puerta a la especulación, las noticias falsas o los “expertos” que nos intoxican con informaciones contradictorias y apocalípticas.
  3. Habla de ello con familiares y amistades que puedan estar sintiéndose igual que nosotros. Es una forma de no sentirnos solos y de buscar validación y apoyo en nuestros sentimientos. Además de facilitar el compartir las estrategias de afrontamiento para conseguir sobrellevar la situación de la mejor forma posible.
  4. Elige una de esas actividades que te gustan y que ahora parece que no consigues retomar. Enumera tres cosas que hacían que te gustara e visualízalas sin juzgarte por no hacerla. Luego, con eso en mente, vuelva a intentar la actividad para ver si puede “redescubrirla”.  Participar en actividades que solías disfrutar es una buena manera de sentir una sensación de normalidad y volver a conectarnos, en cierta forma, con nosotros mismos. Una de las características de esta fatiga pandémica, es la disociación, una sensación que nos hace observarnos como si no fuésemos mismos. Conectar con aficiones interrumpidas puede ser, también, un buen desestresante que nos ayude a concentrarnos y enfocarnos. 
  5. Habla con tus personas cercanas, especialmente con aquellas que sientas que han podido sufrir tus cambios de humor. Hazles saber qué sabes que has estado irritable o impaciente. Que sean conscientes que tú eres conscientes de ellos, les permitirá entender por qué responde de esta forma y no tomarlo como algo personal.
    Proteger nuestras relaciones es importante porque nuestras conexiones sociales son importantes, nos nutren emocionalmente y amortiguan muchos factores estresantes inevitables y circunstancias incontrolables que estamos viviendo.

Las consecuencias de esta pandemia irán más allá de la duración de este período de incertidumbre y no se mitigaran con una vacuna. O por lo menos, no ocurrirá a todas las personas. Aprender de lo que hemos vivido es algo más que investigación farmacológica o médica. Las lecciones que, como sociedad y como individuos, deberíamos aprender son otra cosa. Y dependerán de cada uno de nosotros.

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