Quería cambiar el mundo. Pero he descubierto que lo único que uno puede estar seguro de cambiar es a uno mismo.
Aldous Huxley

Seamos sinceros con nosotros mismos: no nos gustan los cambios. A la mayoría de las personas les ocurre. Hasta el punto de resistirse tanto a él, que pueden estar dispuestas a soportar situaciones por miedo a que todo pueda ir a peor. Nos ocurre así porque pensamos que todo cambio implica incertidumbre y, en cierto grado, descontrol. Y lo más que ansiamos en nuestra vida es todo lo contrario. Queremos tranquilidad y predecibilidad. Hasta que nos aburrimos, hartamos o despertamos. Éstos son quizás los tres principales motivos por lo que decidimos darle una vuelta a nuestra vida.

Si nuestra vida se convierte en una sucesión de momentos predecibles en los que todo está bajo control, nos aburrimos al cabo del tiempo. O nos entristecemos. Incluso podemos llegar a padecer ansiedad o depresión. Sentimos que se nos va el tiempo y no hemos hecho muchas cosas de las que queríamos hacer.

En un segundo nivel -o paso-, nos hartamos y tomamos la decisión de llevar a cabo un cambio radical y abrupto. Creemos estar atrapados por situaciones y personas y optamos por cortar de raíz lo que consideramos que nos está impidiendo cambiar. Este opción es reactiva, generalmente poco reflexionada y, en cierta medida, se produce como una huida hacia adelante. Puede salir bien, pero corremos el peligro de pensar que las razones de nuestra infelicidad se deben a situaciones o personas, a factores externos. Sin pararnos a pensar en lo que sí vale la pena de lo que tenemos o de hacerle daño a personas que realmente nos quieren y se preocupan por nosotros.

La tercera vía, el despertar, es totalmente diferente a las dos anteriores. Puede venir provocada por ellas. Pero es un proceso en el somos conscientes de lo que estamos haciendo desde el principio. No lo hacemos enfadados, con resentimiento o con rabia. Llevamos a cabo un cambio para mejorar nuestra vida y la de las personas que queremos. Y lo hacemos de forma amable y compasiva. Así, en esta forma de cambio, somos nosotros quienes tomamos el mando, decidimos que queremos, quienes nos hacen bien y decimos adiós a todo aquello que no nos permite crecer.

Despertar también implica entender que, muchos de los cambios que queremos, vienen de nosotros mismos. Y que otras muchas cosas o personas que quisiéramos que cambiasen, no lo van a hacer porque nosotros queramos. Aceptar estas realidades fuera de nuestro control nos ayudará a definir qué tipo de relación -o no relación-, queremos mantener con ellas.
En definitiva, se trata de tomar las riendas de nuestra vida, hasta el punto en el que podamos hacerlo decidiendo, al mismo tiempo, qué relación queremos mantener con aquello que no nos gusta, nos aburre o no podemos controlar. De esta forma dedicaremos nuestros esfuerzos a lo que si está en nuestras manos.

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