El fascismo en política utiliza muchas estrategias: el pasado mítico, la propaganda, el antiintelectualismo, la irrealidad, la jerarquía, el victimismo, el orden público, la ansiedad sexual, el llamamiento al espíritu de la nación y el desmantelamiento del estado de bienestar y la unidad.

Jason Stanley

El racismo es una epidemia. Una que se alimenta -y es alimentada- de varios factores que nos pueden ayudar a entenderla.

Es importante señalar la diferencia entre  prejuicio y racismo, ya que no son conceptos intercambiables. Si bien todos los racistas tienen prejuicios, no todos los que tienen prejuicios son racistas. El prejuicio es un fenómeno humano que involucra estructuras cognitivas que todos aprendemos temprano en la vida. El racismo, por otro lado, es un prejuicio contra un grupo particular de personas basado en diferencias percibidas, a veces llevadas al extremo. No todas las personas que discriminan a los demás por diferencias están motivadas por el odio.

No todo el racismo es evidente. Por mucho que nos horroricen las muestras más violentas como los tiroteos de Estados Unidos o las matanzas tribales en África, éstas son solo muestras evidentes de un fenómeno de muchas capas. Y no todas fáciles de observar.

Recordemos que, no hace tanto tiempo, vivimos en Europa una guerra -la de la extinta Yugoslavia-, que nos mostró al mundo lo cerca que estamos del odio llevado a su máxima expresión.

Pero ¿Cuales son las razones psicológicas del racismo?

Miedo

Es la razón por excelencia. La más fácil de manipular y de extender porque proviene de mecanismos de supervivencia primitivos, nuestro instinto de evitar el peligro, de temer cualquier cosa que parezca ser diferente. Agitar estas diferencias -aunque muchas veces no sean reales-, es una de las herramientas más efectivas para propagar el racismo. El color de la piel, la etnia, la procedencia, la religión … son magníficos disparadores del miedo hacia lo diferente.

Pertenencia

No es extraño que las máximas expresiones aisladas de odio racista vengan de individuos aislados de la sociedad. De personas con un historial de incapacidad para relacionarse o para establecer conexiones con los demás. El racismo les proporciona un grupo en el que identificarse y poder sentirse parte de algo. La mentalidad “nosotros-ellos” simplista, que proporciona la retórica racista, facilita esta sensación y parece prometer el reconocimiento  de grupos que la promueven.

Proyección

Paradójicamente, el racismo se alimenta de nuestros propias inseguridades. Tememos en los demás, los diferentes, aquello que rechazamos de nosotros. La proyección es uno de nuestros mecanismos naturales de defensa, y nos permite evitar enfrentar nuestras propias deficiencias, transfiriéndolas o proyectándolas en otros. Literalmente, odiamos en otros lo que odiamos de nosotros.

Incompetencia emocional

La incapacidad de integrar nuestros pensamientos, sentimientos y buen juicio antes de tomar cualquier decisión o emitir cualquier opinión, o lo que es lo mismo, la carencia de competencia emocional, es un potente facilitador del odio y del racismo. No entendemos porque nos sentimos mal, insatisfechos, tristes, enfadados … y no somos capaces de buscar las razones en nosotros mismos. Resulta mucho más sencillo culpar a otras personas de nuestra desdicha y liberarnos así de lo patéticos que nos sentimos. Así, quién es racista encuentra un supuesto origen a su malestar. Esto es aplicable a la violencia machista, al abuso sexual y a muchas otras formas de maltrato hacia las personas -y animales-.

Estas son algunas de los factores psicológicos que pueden hacernos entender el racismo desde la psicología. Hay muchas más que explican como cala tan fácilmente este fenómeno execrable en nosotros. Solo hay que estar atentos y observar cómo lo utilizan en su interés, muchas personas, grupos y partidos políticos para propiciar estados de opinión favorables a sus intereses.

La dinámica racista no es sencilla de desmontar porque, como una epidemia, se extiende fácilmente. Es una labor individual, de educación y de permanente vigilancia que evite que se establezca entre nosotros y nos lleve -de nuevo- a terribles consecuencias.

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