En los contratiempos, sobre todo, es en donde conocemos todos nuestros recursos, para hacer uso de ellos.
Horacio.

En los últimos años, se ha ido asentando cada vez más una cultura de la positividad que se asocia -erróneamente- a nuestra capacidad de superar dificultades, enfermedades o reveses amorosos o laborales, entre otros. Este enfoque, que no tiene nada que ver, con la psicología positiva, nos invita a ver la vida “con esperanza”, a minimizar lo negativo y a ponerle una sonrisa a la adversidad.

Más allá de las terribles consecuencias que pueden tener para muchas personas -que se están sintiendo culpables por sentirse mal-, este planteamiento simplista de la complejidad humana presenta un trasfondo profundamente falso. Aquel que nos trata de convencer que con nuestra actitud -solamente-, podemos conseguir todo lo que queremos.

La actitud es un componente más del afrontamiento, pero no el único y, en ocasiones, tampoco el más relevante. Pensar que podemos cambiar cualquier circunstancia vital con una determinada actitud (positiva) nos puede llevar a frustrarnos de forma irremediable.

Pensemos en alguien a quien le diagnostican con una enfermedad incurable. O a quién ha sido agredido sexualmente. O quién vive una situación de violencia machista. O a alguien que le acaban de desahuciar y debe dormir -en el mejor de los casos-, en un albergue.

¿Pensarían ustedes en decirles que su actitud (positiva) puede cambiarlo todo?¿Verdad que no? Pues tampoco es lo que le va a proponer la psicología. El abordaje de cualquiera de estas situaciones vitales, exige un enfoque profesional que tenga en cuenta una multitud de factores que pueden concurrir y que exigen ser abordados. El primero, sin duda, surge de la aceptación de las emociones asociadas a las mismas. Tristeza, desesperanza, rabia, y muchas otras que aparecen como una respuesta lógica cuando la vida nos da un mazazo. Pretender ignorarlas es una irresponsabilidad que puede tener el efecto perverso, como hemos comentado, de hacer sentir mal ¡por sentirse mal! a quién lo padece.

Como me han leído ya en otras ocasiones, la mejor forma de ayudar a alguien es mostrándole nuestro apoyo, comprensión y disponibilidad. Esto tiene que venir despojado de juicios e incluso de sugerencias que puedan implicar referencias a como “debe sentirse”.

Quien lo está pasando mal, aparte de apoyo psicológico, necesita de quienes estamos a su lado simplemente, que estemos. Es acompañar, algo a la vez sencillo y complejo. Esto, además, de la actuación de quienes deban procurarle una mejor calidad de vida, un tratamiento, una vivienda o una salida para una situación de maltrato.

La “positividad” no es ponerle una sonrisa a la vida. Es intentar seguir adelante por muy jodida que esta se nos ponga.

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