El cesto y la mesa

El valor intrínseco de la vida depende de la conciencia y del poder de contemplación, no de la mera supervivencia.
Aristóteles

Los seres humanos tenemos la costumbre de olvidarnos del balance en nuestras vidas. Dicho de otra forma, mostramos una tendencia natural a poner todas las manzanas en el mismo cesto.

Me explico. Una gran cantidad de problemas de los que experimentamos en nuestra vida vienen de dedicar toda nuestra atención a una sola parte de nuestra existencia. Sin pretender ser exhaustivo en el desarrollo de las consecuencias que esto puede conllevar, vamos a intentar dar una idea de lo que ocurre y de como podemos ir resolviéndolo.

Evidentemente, el primer paso para poder hacerlo es ser conscientes de ello. Y asumir que somos nosotros quienes nos hemos ido introduciendo en una dinámica excluyente y tóxica en nuestra vida.

Por simplificar, vamos a decir que nuestra vida se desarrolla en espacios. Podemos llamarlos emocionales. Éstos dependen más de con quien estamos, que de lo que estamos haciendo. Son el entorno laboral, el familiar y nuestro ocio y tiempo libre. Si imaginamos una mesa de tres patas, que sostiene nuestra estabilidad emocional, cada uno de estos “espacios”, es una de ellas. Si solo dedicamos tiempo, esfuerzo e implicación a una de las patas, nuestra mesa se caerá, inevitablemente. Si son dos, las cosas podrán ir un poquito mejor, pero seguiremos teniendo una mesa desestabilizada.

En el escenario ideal de dedicación a nuestras tres áreas, el siguiente paso consistiría en intentar que estén a la misma altura (las patas de la mesa) emocional. Fíjense que especificamos “emocional”, siendo conscientes que el tiempo que le dedicamos a cada una de estas partes de nuestra vida, difícilmente puede distribuirse de una forma equitativa.

Aquí es donde entraríamos en el concepto central del balance emocional, que no es otro que la presencia. Estar donde estamos, con quien estamos y en el momento en que estamos. De nada vale estar en el gimnasio o con nuestra familia, pensando en el trabajo.

Si conseguimos esto -que no es sencillo-, habremos dado un enorme paso para que nuestra mesita de tres patas se mantenga equilibrada.

 

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