En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada
Franklin D. Roosevelt

La capacidad que tengamos de abordar las situaciones difíciles que se nos pueden presentar una vida, determinará, en gran medida, nuestra propia percepción de felicidad. Esta capacidad se denomina en psicología, tolerancia a la frustración. Si lo traducimos a un lenguaje coloquial, es lo que todos conocemos, como sacrificarnos.

Este concepto, demasiado asociado a un modelo de educación basado en el sufrimiento es, sin embargo, una parte esencial del proceso de aprendizaje, y de la construcción de nuestra felicidad.

En los últimos tiempos, hemos estado viviendo, en una cultura, que trata por todos los medios, de evitar las dificultades. Intentamos hacerlo con los más jóvenes, en la escuela.

Y en muchas ocasiones, no les permitimos que pongan a prueba su capacidad de resolver dificultades. Aunque es algo natural que queremos proteger a nuestros hijos y a nuestras hijas, en muchas ocasiones, esta protección los deja sin herramientas emocionales para abordar los problemas más básicos y comunes.

La tolerancia a la frustración es una parte imprescindible del crecimiento emocional del individuo. Consigue qué la persona entienda que existe un balance vital básico. El que se construye poniendo en la balanza los momentos malos y los momentos buenos, los éxitos y los fracasos, la alegría y tristeza o la decepción y la satisfacción.

Al no permitir que se desarrolle esta habilidad emocional en nuestros hijos e hijas, estamos cercenando, en cierta forma, una parte de su experiencia vital. Les estamos llevando a pensar que todo en la vida es de color de rosa, facilitándoles el camino, y no dejando que hagan ninguna parte de él, a solas.

No estamos sugiriendo, en absoluto, que no los protejamos. Si estamos proponiendo que nos planteemos hasta que punto esa protección los está convirtiendo en personas incapaces de enfrentarse a los problemas de la vida.

La tolerancia a la frustración se entrena. Y nuestro papel, como padres o madres, no es evitar las decepciones de quienes son nuestra responsabilidad. Lo es estar a su lado cuando ocurre, apoyándoles y animándoles a que sigan adelante.

 

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