El secreto de la felicidad

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.
Pablo Neruda

El secreto de la felicidad no va de llenar nuestra cabeza con arcoiris o unicornios.

Tampoco lo es mirar el mundo con gafas de color rosa. Va de conocer, comprender y experimentar nuestras emociones -incluso las mal llamadas negativas-. Hacerlo con franqueza, entendiendo porque ocurren, es la mejor forma de conocernos y de aceptarnos. Y esto si nos hará más felices.

Un estudio reciente lleva la contraria a la linea tradicional que asocia la felicidad a las emociones placenteras. Los autores recuerdan a Aristóteles que sentenciaba que cuando más experimentemos las emociones que queremos sentir, más felices seremos.

“Querer ser feliz todo el tiempo no es realista”, señala la directora del estudio. “No querer sentir tristeza, enfado o miedo es, de hecho, un problema”. Si somos capaces de aceptar, e incluso celebrar nuestras emociones, sean del tipo que sean, es mucho más probable que estemos más satisfechos y seamos más felices.

Esto tiene una sencilla explicación. La búsqueda de la felicidad mediante la represión de una parte de nosotros, nos lleva a una pantomima muy alejada de quienes somos. Este enfoque simplón, que nos incita a poner siempre una sonrisa y echar a un lado la tristeza nos puede llevar, de hecho, a todo lo contrario.

La felicidad o más específicamente, nuestra felicidad, es algo individual. Y puede ser compartida, por supuesto, con otras personas, especialmente con aquellas que queremos o nos quieren. No es algo prefabricado que se consiga sin esfuerzo. Y lo más sorprendente, nunca será algo que podamos conseguir sin experimentar todas nuestras emociones, incluso las que no nos gustan, como la tristeza.

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A mil kilómentros de ti

Maravilloso post de Mercè Roura.

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Mírate. No te miras nunca y no te ves… No como realmente eres. No ves en ti lo que otros buscan y ni siquiera sabes lo que buscas tú. No dejas de medirte y pesarte, cuando en realidad, eres inmenso y no tienes límites…  Te miras a través de los ojos ciegos de aquellos que no saben ver y te pones precio a la baja…  Como si tu valor pudiera medirse o tasarse… 

¿Por qué siempre hablas de lo que te falta?

¿Por qué no ves lo mucho que brillas y lo que aportas? ¿Por qué cuando te buscas en los espejos sueñas con encontrar a otra persona si la que te aguarda allí es perfecta? ¿A qué esperas para valorarla? ¿A qué envejezca tanto que luego te duela no haber amado su juventud? ¿A que se enfade tanto contigo por repudiarla que ya no sea capaz de mirarte ella…

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Lo que yo te diga

No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas.
Séneca

Buscamos la información que confirme nuestra visión del mundo e ignoramos aquello que no lo hace. Es así, no miremos para otro lado, todos lo hacemos. En este mundo que nos ha tocado vivir nos gusta tener la razón porque sentimos que le da sentido a nuestra vida. De hecho, algunos psicólogos consideran esto como una motivación básica.

Una de las formas en que lo hacemos es tratando de encontrar la evidencia de que lo que pensamos es como creemos. Y, en ocasiones, resulta hasta cómico:

Lo hacemos continuamente, habitualmente sin darnos cuenta. Y es así porque resulta más sencillo ver las piezas que encajan en nuestro puzzle que plantearnos otra posibilidad. También consigue reforzar nuestra propia imagen como personas precisas, coherentes y consistentes. Sabemos que está bien y que no lo está.

La jefa está convencida de que su empleado es un gran trabajador. Todas las mañanas cuando llega a la oficina, allí está él. Siempre está aquí el primero. Pero la realidad es que su trabajador modelo es un auténtico caradura que no hace nada, a pesar de llegar a primera hora, y son quienes trabajan con él, quienes sacan su trabajo adelante.

Los psicólogos denominamos a este fenómeno sesgo de confirmación y está presente en muchas áreas de nuestra vida.

En un estudio realizado en la Universidad de Texas, se encontró que buscamos la información que confirme nuestra propia visión de nosotros mismos, ¡aunque sean negativa! Y no parece que esto ocurra únicamente con personas con baja autoestima. Incluso aquellos con un alto concepto de si mismos, buscaban información que confirmase aquello con lo que no estaban conformes de su propio carácter o forma de ser.

Otro estudio, también llevado a cabo en Texas, en esta ocasión en su Departamento de Economía, nos muestra unos curiosos resultados, corroborando el sesgo de confirmación en un entorno en el que todos pensamos que el riesgo o la especulación, es la regla.

Los inversores con una mayor tendencia a buscar opciones que confirmasen sus predicciones eran los más confiados en su criterio y ¡los que hacían menos dinero!. Pareciera como si fuese más importante tener razón que la posibilidad de ganar más.

La política es un campo abonado de este fenómeno. En política vemos lo que confirma aquello que pensamos, y obviamos lo que no.

No hace falta sino ver cualquier programa de debate en televisión. Veremos que ante una misma noticia, según sea la orientación política del personaje, se utilizará en un sentido u otro, obviando cualquier dato objetivo.

A lo largo de los años el sesgo de confirmación se ha convertido en la fuente de muchas de las creencias más absurdas presentes en nuestro día a día.

Lo que opinamos de otras razas o nacionalidades, acerca de los fenómenos paranormales o la medicina alternativa y muchos otros ejemplos son confirmados continuamente con sesgo.

Si queremos ver un fantasma, lo veremos.

¿Cómo podemos combatir este fenómeno? Es sencillo, pero duro. Simplemente deberíamos buscar alternativas a lo que pensamos y desarrollar un pensamiento crítico. Y eso exige un esfuerzo importante.

Leer un libro de un político que no nos gusta, escuchar una emisora de radio que no oímos habitualmente, oír música que no es la habitual … es una magnífica forma de comenzar con nuestro cambio.

¿Cómo me veré?

¿Cómo podríamos conseguir reducir esa distancia emocional que parecemos tener con nosotros mismos pasados unos años? Son varias las propuestas que hacen los psicólogos en diferentes experimentos.

Una sencilla, y que parece funcionar, es que escribamos como nos imaginamos. De esta manera se consigue que establezcamos esa necesaria conexión con nosotros en la actualidad.

Otro estudio considera la posible dependencia que podamos tener. Se les pide, a personas con un plan de pensiones, que valoren como pueden estar físicamente o mentalmente en el futuro, para sugerirles que aumenten la cuantía de sus cuotas, sin conseguirlo. Los autores comentan que, a pesar de valorar la necesidad de asegurar económicamente nuestro futuro, pocos de nosotros nos planteamos un escenario que pueda conllevar tener que ser atendidos o necesitar determinadas ayudas para desenvolvernos.

Una forma original para acercarnos a nuestro futuro puede ser utilizando un programa de envejecimiento por ordenador de los que podemos tener en cualquier ordenador o móvil. Esto provocará que nos sintamos más cerca de nosotros mismos y nos planteemos “querer” a ese viejito o viejita que aparece en la pantalla.

Otros lo tenemos más fácil. Basta con mirar a nuestro hijo o a nuestro padre para darnos cuenta de donde venimos y adonde vamos.

Y ¿qué quieren que les diga? ¡Me gusta como era y como seré!

Hipocresía

Según las cosas que a uno le proporcionen la felicidad, éstas conducirán a un juego en el que la suma siempre será cero: como una adicción, que requiere constantes dosis de adquisiciones y, a menudo que se tenga más de algo que los vecinos, nada de lo que se tiene importa demasiado.
Mihály Csíkszentmihályi

Los últimos datos sobre el consumo de alcohol en jóvenes son terribles. Su forma de hacer uso de la bebida sigue unos patrones autodestructivos que no se pueden soportar.

Esta es la versión oficial. La que ve los resultados o las consecuencias. Pero hace bien poco para solucionarlo. O más bien lo que hace está pensado para evitarlo, olvidando entenderlo, estudiarlo o investigarlo.

Ya llevo suficiente tiempo trabajando en el campo de las adicciones para entender que éstas no aparecen por arte de magia. Son una consecuencia. Y que buscar las soluciones apelando al juicio de quien las utiliza, raramente consigue resultados. Además de tener el efecto colateral de que los usuarios de sustancias y eventuales adictos, sean vistos como malas personas o, en el mejor de los casos, enfermos.

Una enorme equivocación que vuelve a poner de manifiesto esta costumbre que tenemos los seres humanos de “arreglar” todo. Incluso sin saber porque se ha podido romper. O incluso si está roto.

Por esto, si hay algo que uno aprende trabajando en prevención y tratamiento de las dependencias es la tendencia humana a engancharse casi con cualquier cosa. Para conseguir que esto no ocurra se deben aplicar modelos de trabajo basados en la evidencia. No en la ocurrencia.

Esto es lo que nos presentan, regularmente, los responsables políticos de turno. Llaman la atención – y asustan -, los datos de consumo de alcohol en jóvenes, los patrones de consumo brutal a los que se someten en sus fiestas o encuentros, y lo primero que se les ocurre siempre son medidas coercitivas o regulatorias que, paradójicamente, ya han sido utilizadas antes. Muchas de ellas están activas -como la prohibición de la venta a menores-, pero no se aplican.

Por esto creo que cualquier planteamiento que pretenda disminuir el consumo de alcohol tendría que comenzar por la implementación de las medidas existentes.

Quizás deberíamos comenzar contándole a nuestros jóvenes que quienes no quieren que consuman alcohol son los primeros beneficiados de ello.

Hipocresía. Esto es lo que hay que comenzar previniendo.

Reacción

Quien te enfada, te domina
Buddha

Estamos preparados para reaccionar. Venimos así de fábrica. Cuando alguien nos hace daño, respondemos. O, al menos, es lo que querríamos hacer. Porque, en ocasiones, no lo hacemos. Bien porque no es posible o, y de esto es lo que quería escribirles hoy, decidimos no hacerlo.

Y ahí reside nuestro poder de cambio. Citando a Victor Frankl, “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio, en este espacio reside nuestro poder de elegir nuestra respuesta y, en ella, nuestro crecimiento y libertad”.

Es decir si quien nos lastima o molesta, sabe como vamos a reaccionar, estamos a su merced. Tiene el poder de conocer lo que vamos a hacer, incluso antes de que nosotros podamos saberlo. Así funcionan las manipulaciones, desde las más sencillas, hasta las más elaboradas. Manejando nuestras reacciones y prediciendo nuestra conducta.

¿Cómo podemos cambiarlo? Aparentemente este proceso puede resultar automático, pero no es así. Afortunadamente, los seres humanos, tenemos la capacidad de elegir. Valorar si la reacción que, instintivamente, nos sentimos impulsados a tener, es adecuada o no. Y, desde que lo hagamos, ya no estaremos reaccionando. Estaremos respondiendo. Tras decidir si lo vamos a hacer, como lo haremos o si, simplemente, decidimos no hacerlo.

Será entonces, cuando recuperaremos el control sobre nuestra vida. Es un camino en el que deberemos entender que no tenemos forma de evitar que algunas personas quieran o puedan, hacernos daño. Pero que si tenemos el inmenso poder de elegir como respondemos a esos intentos o conductas.

Lo más curioso de este proceso es descubrir que al hacerlo, desactivaremos muchos de ellos. Porque, y esto es psicología conductual básica, ¿que sentido tendrá un estímulo si no obtiene la respuesta que pretendemos? De hecho, si esto ocurre, se produce un efecto conocido como extinción -de la conducta-. No del que nos hace daño.

Bueno o malo. Difícil de decir.

Fiona, la hija de Heather Lanier, tiene síndrome de Wolf-Hirschhorn, una enfermedad genética que causa retrasos en el desarrollo… pero esto no la hace trágica, angelical o ninguno de los otros estereotipos con los que se etiqueta a niños como ella. En esta charla sobre la hermosa, complicada, alegre y ardua tarea, de criar a una niña inusual, Lanier cuestiona nuestras suposiciones sobre lo que hace que una vida sea buena o mala. Nos desafía a que dejemos de buscar soluciones para lo que consideramos ‘anormal’ y a que, en su lugar, aceptemos a la vida tal y como es.

Banalización

Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón.
Gilbert Keith Chesterton

La locura no es algo bonito. La enfermedad mental se está banalizando. Lo vemos en la televisión, en películas o en las redes sociales. Y esto es algo peligroso. Y muy perjudicial para quienes la padecen, para sus personas cercanas y para quienes trabajamos en salud mental.

Se ha instaurado una forma “romántica” de ver este proceso de sufrimiento, que consigue, de alguna forma, que se vea el tratamiento y la eventual recuperación, como algo que depende de que alguien nos salve, de nuestra voluntad, o de nuestra actitud en la vida.

Es como si nos hubiésemos ido de un lado a otro de los argumentos en contra del estigma que padecen las personas con problemas mentales. Este punto de vista “naif”, consigue, incluso, que estos, se vean como deseables, atractivos, y atrayentes.

Este enfoque irresponsable, está contribuyendo a todo lo contrario de lo que se pretende al intentar hacer visible los trastornos mentales. Consigue que identifiquemos, de nuevo, a alguna personas, con su trastorno. Que creamos que es bonito estar permanentemente tristes, o que los celos sean una manifestación de amor, o que alguien sea incapaz de gestionar su día a día por su angustia permanente.

Esta forma de ver las cosas puede hacer pensar que todo se puede solucionar con “más amor”, apoyo de las personas que te quieren, o pensando que todo se arreglará al fin.

No es así. En absoluto. Los trastornos mentales, desde la ansiedad, la depresión, las obsesiones, la esquizofrenia … no son “bonitos”. Requieren tratamiento especializado. Uno que conlleva la intervención de diferentes profesionales de la salud mental, debidamente cualificados y acreditados.

Quien quiere hacernos ver otra cosa, está llevando al abismo a muchas personas. Induciendo a que abandonen tratamientos farmacológicos sin el adecuado asesoramiento, o proponiéndoles que acudan a cualquier actividad que les pueda hacer sentir mejor. Y, créanme, la lista de propuestas es de lo más variada. E irresponsable.

Porque los trastornos mentales no se tratan con agüitas milagrosas, con rutinas de ejercicios físicos, o con rezos mañaneros al sol. Quienes acuden a estos “remedios”, nos están dando un indicador más de la desesperación a la que puede llevarnos un problema de salud mental.

La visión romántica que podemos ver en la literatura, el cine o la música, puede estar consiguiendo la deseabilidad de un trastorno mental. Algo tan absurdo y grave como si alguien quisiese padeciendo un proceso cancerígeno.

Por esto, me he permitido hoy, utilizar este espacio para denunciarlo. Para reiterar que los trastornos mentales exigen una intervención profesional. Y que esta intervención se lleva a cabo desde la psiquiatría y la psicología. Con rigor y evidencia. Y con un estricto sistema de control al que cualquier persona que no crea que el tratamiento que recibe es el adecuado, puede reclamar. Solo con esta concienciación colectiva y seria, conseguiremos ayudar a quienes, cercanos o lejanos, sufren problemas mentales en silencio.

Claro que es necesario el apoyo, el cariño y el afecto de las personas que nos rodean. Puede ser una ayuda enorme, pero no va a conseguir que la persona que está padeciendo una enfermedad mental “se le quite”. Logra que su proceso de recuperación sea mucho más llevadero y compasivo. Como ocurre con cualquier otra enfermedad.

Pero esto no es el tratamiento. Es una ayuda que lo puede potenciar.

 

Trolls

Nuestra crítica consiste en reprochar a los demás el no tener las cualidades que nosotros creemos tener.

Jules Renard

No se asusten. No vamos a hablar de literatura fantástica -por mucho que me guste-. Troll es el término empleado para aquellas personas que mantienen una actitud negativa ante cualquier cosa que se nos pueda ocurrir. Especialmente con aquello que no se desenvuelve de acuerdo a lo ellos o ellas, estiman que debería ser.

En este mundo conectado, todos los que publicamos de forma más o menos abierta, en redes, estamos sujetos a que opinen sobre lo que escribimos. Distinguir a los trolls, es sencillo. No van a estar de acuerdo con nada que escribas. No les va a gustar.

Pero ¿por qué existen los trolls? Podríamos aventurar varias razones:

La primera es la notoriedad. Opinar lo contrario, en negativo, consigue siempre mayor relevancia. Es el sesgo negativo, que hemos explicado en muchas ocasiones. Lo positivo no lo percibimos como una amenaza, y lo negativo si.

La segunda son las expectativas. Como hemos dicho antes, pensamos que la vida se debe desarrollar según lo que nosotros creemos. Y cuando no ocurre así, simplemente, no nos gusta. Y nos ponemos de mal humor. Los trolls manifiestan su frustración. Y muchas veces, de una forma muy desagradable

Y en tercer lugar está el ego. Pensamos que todo tiene que ver con nosotros, para lo bueno o para lo malo. En este sentido, a los trolls les va a dar igual que nuestros argumentos estén sólidamente sostenidos. Seguirán en su opinión y la mantendrán como una verdad absoluta.

Este fenómeno siempre ha existido, aunque no lo llamábamos así. Tenía otro nombre.

Incertidumbre

La mayor virtud de un buen marinero es una saludable incertidumbre.
Joseph Conrad

Al ser humano no le gusta la incertidumbre. A lo largo de los años, nos van y nos vamos educando, para anhelar lo predecible, lo seguro, lo estable. Es probable que esta idea venga de nuestro miedo a abrazar la consciencia de que somos finitos, que tenemos fecha de caducidad. Esto hace que nos pasemos gran parte de nuestro tiempo, de nuestra vida, preparándonos para el futuro. Intentando, en cierta forma, programarlo.

Esta creencia falsa o falacia de control es la fuente de muchos trastornos psicológicos del espectro de la ansiedad y la depresión. Al sentir que el futuro no se desarrolla en el presente como queríamos, nos enfadamos, nos entristecemos o nos asustamos. Y esto provoca desasosiego y angustia. No somos capaces de aceptar que las cosas se han desarrollado de otra forma a la que esperábamos. Y nos venimos abajo.

De esta forma de pensar se aprovechan quienes conocen que la incertidumbre nos hace sentir mal. Y nos ofrecen lo contrario. Nos venden seguridad, estabilidad o control, sobre algo que nunca estará en nuestras manos. Porque, seamos contundentes ¡el futuro no se puede predecir! Y esta es la única verdad. La incertidumbre es la regla de la vida. Por mucho que nos esforcemos en controlar lo que pueda ocurrir, nuestra probabilidad de éxito es, cuando menos, limitada.

Solo será la propia consciencia de nuestra existencia individual, no aquella que se supone debe ser de una forma determinada sino la que se basa en nuestro conocimiento propio o autoconocimiento, la que va a conseguir una armonía en nuestras vidas, que no control. Es más entender que todo cambia a nuestro alrededor y que, por muchos que lo intentemos, no va ser de otra forma. De hecho, porque nosotros mismos formamos parte de ese cambio inexorable.