Psicología día a día

Durante el mes de Octubre he tenido el placer de compartir viajes con miles de viajer@s de la línea aerea Binter Canarias. En este enlace, puedes encontrar la entrevista publicada en dicho medio de comunicación. Espero que les guste.

 

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Inteligencia ¿o no?

Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.

Albert Einstein

Nuestros genes son inteligentes, el resto depende de nosotros. La mayoría de los estudios sobre el ser humano se centran en la inteligencia, en nuestra capacidad intelectual, de razonamiento e, incluso, en las emociones. Somos increíbles, podemos hacer cosas maravillosas. No hay más que ver National Geographic o Discovery Channel ¿A qué somos geniales?

Pero los humanos en ocasiones, bastantes más de las que pensamos, hacemos cosas realmente estúpidas, como pegar la lengua a un polo de hielo o meternos en una crisis económica global.

Por eso, y sin dejar de valorar los estudios sobre la inteligencia humana, quizás sería también útil estudiar lo opuesto: la estupidez humana. Al menos esto es lo que concluyeron dos investigadores, Andre Spicer y Mats Alvesson. En sus estudios, llevados a cabo desde Londres y Lund, en Suecia, investigaron como prestigiosas empresas, consultorías o bancos, abordaron la crisis financiera que vivimos desde 2007.

Su estudio no pretendía descubrir lo que halló. De hecho, su hipótesis trataba de apoyar lo que estas instituciones habían hecho. Pero no fue así. Miles de expertos altamente cualificados, gobiernos, bancos centrales y muchas otras, estructuras financieras o similares, sobradamente preparadas, hacían caso omiso de la avalancha que tenían encima. Lo que viene a ser, para entendernos, como si los bomberos tuviesen todos los medios, estuviesen en el lugar y, aún así vieran, apaciblemente, como ardía la casa hasta los cimientos.

Su estudio concluye es todo lo contrario a lo que se esperaba. Las organizaciones que actuaron de forma más estúpida fueron precisamente las que se suponía que eran más inteligentes. Habían incorporaron a sus estructuras a gente muy preparada, los mejores ¡y les pidieron que valoraran más su intuición que su capacidad de análisis! Lo que provocaron fue una separación intelectual y emocional entre las decisiones de estos individuos y sus consecuencias.

Podemos pensar que estas personas debían tener una fantástica intuición pero esto sería como pedirle a un meteorólogo que prediga el tiempo mirando al cielo. Es de suponer que estará más capacitado que quien no tiene esa profesión, pero no trabaja para la Agencia de Meteorología por su intuición, lo hace por su preparación y titulación académica.

Ocurre lo mismo con otras muchas cuestiones. Es el caso del racismo. Si la educación y el sentido común no nos convence de lo estúpido que es, quizás la ciencia pueda hacerlo. Las evidencias científicas prueban fehacientemente que los prejuicios, el racismo y la intolerancia están fuertemente asociados a individuos con una gran rigidez cognitiva, poca flexibilidad de razonamiento y una pobre capacidad de integración mental.

Una pobre habilidad cognitiva predice mayores prejuicios. Un efecto que se encuentra mediatizado por ideas autoritarias y un nivel bajo de contacto con grupos externos al propio.

En sociología y en psicología social, un grupo externo es un grupo con el que el individuo no se identifica como miembro. Tener poco contacto con grupos externos puede estar correlacionado con determinadas formas de racismo o fobias.

Aunque puede resultar sencillo y de sentido común, esta teoría resulta bastante innovadora en psicología. A pesar de su relevancia para las conductas y las relaciones interpersonales, las habilidades cognitivas han sido ignoradas para explicar los prejuicios.

Al parecer la ciencia ha conseguido probar la conexión entre la intolerancia y la inteligencia. O al menos con la carencia de ella. Y quizás la única explicación que cabe a la estupidez humana es comprobar como la inteligencia y preparación que indudablemente muchas personas tienen, se puede oscurecer a las primeras de cambio.

Mi abuelo a eso lo llamaba soberbia.

Agotamiento emocional

¿Te sientes agotad@? Te ayudamos a solucionarlo.

Cámbiate

¿Sientes una especie de inercia física y mental, un “sentido de pesadez” en todo lo que haces?¿Incluso las tareas más mundanas absorben tu energía y cada vez te resulta más difícil concentrarte en el trabajo? ¿Cuando tratas de relajarte, te encuentras revisando obsesivamente el correo electrónico?¿A este cansancio se le suma la apatía, el desencanto, la desilusión o la desesperanza?

Esas sensaciones les resultarán familiares a muchas otras personas que fueron diagnosticadas con agotamiento emocional.

Si tenemos en cuenta lo que dicen los medios de comunicación, es una enfermedad puramente moderna.

Pero lo cierto es que el agotamiento emocional es una preocupación actual, con cifras especialmente sorprendentes en algunos sectores con gran desgaste físico y emocional, como la sanidad. Hay quien incluso argumenta que el agotamiento emocional es tan sólo una etiqueta no estigmatizada de la depresión. Incluso hay llega a afirmar que el agotamiento es una “versión lujosa” de ella. Todo…

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Dejando ir

Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que podría ser. Cuando dejo ir lo que tengo, recibo lo que necesito.
Lao Tzu

Dejar ir no es sencillo. Forma parte de un intenso trabajo de autoconocimiento y de compasión por nosotros mismos. Pero no es algo para lo que nos eduquen. Pensamos que lo que termina, puede cambiarse. Nos ocurre tanto con las personas, las relaciones o, incluso, los pensamientos.

En este último caso y, como comentábamos la pasada semana, nuestra dificultad para entender que lo que pensamos es solo eso, y no la verdad, imposibilita, en muchísimas ocasiones, que avancemos. Nos mantiene en un bucle que se auto alimenta y nos puede llegar a destruir. 

Por esto, se hace muy importante que entendamos el mecanismo que produce este efecto de “una y otra vez”, lo aceptemos y, eventualmente, lo dejemos ir.

Nuestro modo de actuar -y de pensar-, está orientado a la acción. Tenemos una mente que está permanentemente buscando soluciones. Intentando arreglarlo todo. Esto no es malo, al contrario. Nos ha hecho avanzar, afrontar retos imposibles y resolver problemas indescifrables.

Este modo orientado a la acción, muy beneficioso en la mayoría de las ocasiones, tropieza contra un muro insalvable cuando se trata de nuestros sentimientos, emociones o pensamientos. Las intentamos abordar como si pudiésemos entenderlas, arreglarlas o modificarlas. En lugar de aceptarlas, observarlas y dejarlas ir. Es lo que ocurre con el dolor de una separación, de la partida de un ser querido o del final de una relación. Creemos que el daño nos lo está haciendo “lo que ocurrió” y, aunque en parte es así, la mayoría de él, lo produce lo que sentimos, o pensamos acerca de ello. Es nuestra reacción, provocada por la forma de pensar orientada a la acción, que nos lleva a buscar una solución. Y nos hace mucho más daño. Una y otra vez.

Solo cuando entendemos que lo que sentimos está ahí para ayudarnos a superar momentos complicados, a trascender hacia una nueva situación o realidad, seremos capaces de “ser”, y permitiremos que nuestros pensamientos repetitivos se diluyan.

Alegría de vivir

Cuando estalló la burbuja puntocom, el empresario hotelero Chip Conley fue en busca de un modelo de negocio basado en la felicidad. En una vieja amistad con una empleada y en la sabiduría de un rey budista, aprendió que el éxito proviene de lo que uno valora.

¿Expectativas?

Nunca vivimos; siempre estamos en la expectativa de vivir.
Voltaire

 

Nuestra decepción, irritación, enfado o tristeza aparecen, frecuentemente, porque los demás no responden a lo que esperábamos de ellos. En lugar de mirarnos a enfocarnos en nosotros mismos, siempre estamos preocupados por lo que harán o dirán otros. Y esto es emocionalmente insostenible. Pero no es algo sencillo salir de este tipo de pensamiento. Te propongo algunas ideas. El resto depende de ti.

Hazte responsable de tus propias decisiones. Intenta que lo que debas hacer salga lo mejor posible, por tu propia satisfacción. Asume el reto y hazlo enteramente tuyo. Limpia la casa por el placer de hacerlo, de sentirla ordenada y habitable. No necesitas que nadie te premie por ello. Si lo hacen será un extra ¡y bienvenido sea! Pero no es tu leit motiv. Se trata de vivir tu vida, intensamente y en cada momento. Implicándote en aquello que haces. Poniendo el corazón en ello. Sólo así consigues sentir que eres quien controla tu destino. Y es una magnífica forma de combatir la rutina, el piloto automático en tu vida.

Separa tus “quieres” de tus “deberías”. La mentalidad de “manada”, aquella que está asociada a los deberías, no nos pertenece. Viene de una imagen externa que creemos tener que satisfacer, y que, frecuentemente, no tiene nada que ver con lo que nosotros queremos de verdad. Son expectativas impuestas por otras personas de las que, en ocasiones, ni somos conscientes. Y cuando fallamos, sentimos culpabilidad por haberlo hecho. No podemos aprender de estos errores puesto que están conducidos por los demás. No los sentimos. Sentimos haber decepcionado a alguien. Y como esperamos que, si lo hacemos bien, nos premien, tampoco conseguirlo será la recompensa. Resulta algo perverso y que alimenta nuestra mente dependiente.

Para poder salir de este circulo vicioso, es necesario que aprendamos a querer. Y todavía más allá, que sintamos hacerlo. No sirve de nada hacer grandes cosas si no es así. Es un camino hacia nuestra propia conciencia. Y una forma de llegar a la felicidad.

Evita sentirte … decepcionado, enfadado, etc … Es una trampa. Toda esta decepción y resentimiento te pueden llevar a una combinación letal de dependencia y expectativas no cumplidas. Nada sale como esperabas, luego te resignas, y te conviertes en una especie de mártir. Es una senda segura hacia la ansiedad y la depresión, ya que tu vida depende, cada vez menos de ti. Al esperar reconocimiento o recompensas, nada parece satisfacerte por si mismo. Y puede resultar letal para tus relaciones de amistad o de pareja. Les hace sentir responsables de algo que no depende de ellos, aunque tú lo veas así.

Vive el presente. Las decisiones que tomas en la vida vienen una a una, en el momento presente. Las expectativas te empujan hacia el futuro, atrapándote en un momento que no existe. Es como un jugador de ajedrez que está pensando cuatro o cinco jugadas más adelante. ¿Qué debo hacer… o pensar? ¿Qué pensarán los demás… o harán? Es un tipo de pensamiento que nos desubica. En cierta forma no nos deja vivir. Si consideramos que lo único real es lo que estamos viviendo en el momento.

No se trata de no planear. Al contrario. Se trata de disfrutar haciéndolo. Desde el principio. Inténtalo. Lo que quiero hacer ahora. En este momento. Y veremos que ocurre después.

Sin expectativas. Prueba.