Fe Ciega

Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos
Donald Trump

Nos llevamos las manos a la cabeza cuando escuchamos al presidente de Estados Unidos, manifestando esta frase en su campaña electoral. Era algo terrible, impensable, que alguien pudiese decirlo y que además ¡fuese cierto!

Porque este es el verdadero problema. Por una serie de fenómenos o sesgos psicológicos, somos capaces de hacer verdad esta frase. No hace falta que nos vayamos tan lejos para entenderlo. Votamos a políticos corruptos, nos apenamos cuando famosos deportistas o estrellas mediáticas son llevados ante la justicia por sus delitos -financieros o de otro tipo-. Ponemos en duda, o buscamos explicaciones que se adecuen a una campaña en contra, para seguir confiando en ellos. A pesar de la evidencia que nos muestra lo contrario.

Además, si cualquiera de “los nuestros” es acusado de algo de lo comentado, le defendemos. Lo hacemos incluso atacando a la fuente o al contrario. Así no es extraño que lleguemos a justificar sus actos delictivos porque “seguro que los otros lo hacen peor”. Es la cohesión de grupo. Defendemos a quienes creemos que están “con nosotros”. A quienes enarbolan ideología, nacionalismo, religión o cualquier otra forma de moral perversa para hacer lo más increíble y deleznable.

Otro de estos sesgos psicológicos es el denomido efecto Dunning-Kruger, que nos muestra que cuanto más incompetente es la persona, menos nota su incompetencia, y que mientras más competente es, más subvalora su competencia. Es un efecto paradójico que termina consiguiendo que no sea difícil manipular a todo tipo de personas. No está asociado a su inteligencia. Lo está a sus emociones.

Por último, y este es de los más curiosos, está el efecto de la autoridad. Resulta paradójico ver o escuchar como cualquier persona admirada por legiones de fans, seguidores o votantes, puede expresar las más absolutas barbaridades, sin fundamento ninguno, y les creemos. A pesar de que un premio Nobel en la materia opinada, lo desmonte rápidamente.

Y así muchas más explicaciones desde la psicología que corroboran, lamentablemente, que Donald Trump tenía razón. Como así demostraron las elecciones.

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