Estrés: Guía de desuso

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Equidistancia

Un ser humano verdaderamente vivo no puede permanecer neutral.
Nadine Gordimer

Permítanme una explicación previa, dirigida especialmente a quien lee este post desde fuera de España. El título elegido para éste viene derivado de una supuesta posición de neutralidad que algunas personas, desde diferentes ámbitos de la vida pública en España, han propuesto con respecto a la situación que vivimos en Cataluña.

Dicho esto, quería intentar explicar que es lo que subyace a esta supuesta posición de neutralidad que muchos han acogido. Y que resulta enormemente difícil de mantener. En primer lugar por su propia falacia.

La neutralidad no es posible. Puede darse como una decisión de no implicación en algo que percibimos que no nos corresponde. Esto entraña una posición estrecha o egoista, según lo queramos ver. Estrecha porque supone pensar que no nos va a afectar algo en lo que estamos implicados. Egoista, porque puede que lo único que pretendamos es que no nos toque.

Y seamos conscientes o no, todo nos va a afectar en algún momento. Por esto es importante que tengamos una visión crítica de las cosas. Sin dejarnos llevar por quienes pretenden que comulguemos con una u otra posición.

No es cierto que existan dos posiciones siempre en una discusión. No ocurre cuando son dos personas, que no ocurrirá cuando son un montón más de ellas.

Y este es el segundo punto. La implicación consciente en un razonamiento propio sobre cualquier situación a la que se nos pretenda llevar con argumentos dicotómicos. Porque, al igual que no existe la equidistancia, tampoco existen los blancos o negros. Más bien la vida está llena de colores que nos permite encontrar cual es el nuestro.

Este post va especialmente dirigido a un cuarto grupo, en el que me incluyo: los aturdidos.

Perspectiva

Uno de los primeros pasos del proceso de resolver un problema es examinar los factores relevantes y colocar las cosas en perspectiva. Esto requiere la capacidad de ver las varias partes del problema de la forma para el cual ellas realmente se relacionan entre sí, de percibir su verdadera importancia relativa.
Betty Edwards

Nuestra vida transcurre muy rápido. A veces sin que nos demos cuenta de ella. O quizás sea más correcto decir que la mayoría del tiempo no somos conscientes de lo que nos ocurre. Es una sensación de estar viviendo en modo automático que provoca que las horas, días o años pasen ante nuestros ojos velozmente.

Pero, en ocasiones, sin saber exactamente porque o simplemente por alguna circunstancia que lo provoca, nos observamos. O más bien, lo hacemos con nuestra existencia. Paramos y no nos sentimos satisfechos de lo que vemos. No nos gusta lo que estamos haciendo, con quien estamos o el tiempo que le estamos dedicando. Son momentos de consciencia “a la fuerza” que nos golpean en la cara y, en la mayoría de las ocasiones, nos hacen sentir profundamente infelices.

Ocurre que sentimos estar dejando que la vida se vaya entre las manos, sin realmente vivirla, sin aprovecharla. Y, aunque puede que esto sea en parte cierto, está profundamente condicionado por nuestros mayores enemigos, los juicios y las expectativas. Al juzgar un instante de miseria, dejamos que este tiña el resto de nuestra existencia. Vemos con gafas negras -muy negras-, todo. Y lo reinterpretamos con ellas. Con las expectativas de lo que debería haber sido y no fue.

Este modo de desenvolvernos, además de la mencionada insatisfacción, no nos permite observar nuestra vida con perspectiva. Lo hacemos con dureza. Pensamos que lo que hemos hecho hasta ahora, no vale la pena. Y metemos todo en un mismo saco de desesperanza y tristeza.

Es lo que consigue la falta de consciencia del momento presente. No saber en donde estamos, como nos sentimos, con una cierta frecuencia, nos lleva a este estado. Por esto resulta tan importante sustituir las expectativas por la perspectiva y los juicios por la compasión.

Especialmente cuando se refiere a nosotros mismos.

Una historia (difícil) de perdón

Más allá de si el merecía mi perdón, yo merezco la paz
Thordis Elva

Les confieso algo. Compartir algo como lo que pueden ver a continuación es, para mi, un ejercicio muy difícil de compasión. Respetar a Thordis, es fácil. Todos nos identificamos con la víctima. Hacerlo con su violador, no lo es.
Por esto he decidido proponerles que vean esta conferencia, hasta el final. Luego, tomen la decisión que quieran. Opinen. En mi caso, todavía estoy rumiándolo.

En 1996, Thordis Elva tuvo un romance adolescente con Tom Stranger, un estudiante de intercambio originario de Australia. Después de un baile escolar, Tom violó a Thordis, para después estar separados por muchos años. En esta charla extraordinaria, Elva y Stranger hablan sobre los años de vergüenza y silencio, y nos invitan a discutir el omnipresente problema global de la violencia sexual de una forma nueva y honesta. Para preguntas y respuestas con Thordis y Tom, visite go.ted.com/thordisandtom .

Confianza

Confía en ti, y sabrás como vivir
Johann Wolfgang von Goethe

Vivimos en un mundo en que la confianza parece ser un valor en decadencia. Quizás tras años de política-ficción, de realitis, de información manipulada y de posverdad, sería adecuado decir que confiar se ha convertido en un auténtico deporte de riesgo.

Según la Real Academia de la Lengua Española, la confianza es tanto la esperanza firme que se tiene de alguien o algo como la seguridad que alguien tiene en si mismo. Recoge este diccionario que, cuando hablamos de “alguien de confianza” nos referimos a alguien con quien mantenemos un trato cercano, íntimo y que es merecedor de la la misma.

Pero esto no deja de ser una fotografía de un concepto que está sujeto a un desarrollo psicológico y emocional. Que se construye desde la infancia y que se va consolidando a medida que maduramos. Al menos esta es la teoría.

Porque cuando hablamos de confianza, es probablemente uno de los constructos más maleables y modificables que podamos imaginar.
Imaginemos esta situación. Un niño pequeño está al borde de una piscina. Su madre la anima a que salte al agua, asegurándole que ella le cogerá para evitar que se sumerja.

Efectivamente es lo que hace, tras varias veces que su hijo amaga con saltar. Le sujeta y evita que se hunda en la piscina. Esto genera confianza en el niño, que aprende a fiarse de sus padres y de su apoyo en las situaciones más o menos complicadas.

Pero ¿qué ocurriría si la madre, tras asegurar que lo va ayudar, da un paso atrás y deja que se hunda? Quizás con la intención -equivocada- de que aprenda a gestionar situaciones difíciles. Pero transmitiéndole, de hecho, el claro mensaje de que mamá no es de fiar.

Es un momento de la vida, con muchas interpretaciones diferentes. Pero los resultados, para este niño, pueden ser totalmente diferentes. En la primera situación estamos educando en la confianza. En la segunda, en la desconfianza.
Podemos argumentar que así es la vida. Que las personas no son siempre de fiar, que mejor anticipar que no nos van a apoyar … consiguiendo así que vivamos en una eterna duda, inmovilidad o paranoia.

Está demostrado que para enseñar confianza debemos dar confianza. Que es algo que se educa y se aprende con el ejemplo. Y que construye la autoestima y la autoconfianza del niño y eventual adulto. Por esto, para nuestra mente como niños, la experiencia repetida de confiabilidad hacia nuestros nuestros padres y la imprescindible derivación hacia su confianza en nosotros es imprescindible para un bienestar emocional consistente.

Según Erik Erikson, eminente psicólogo evolutivo, el desarrollo de la confianza en los padres es un ladrillo básico en la construcción de la auto-estima e identidad del niño y futuro adulto. Con ella llega un sentido de seguridad y esperanza por el futuro. Sin ella el niño o la niña desarrollarán duda, sospechas y desesperanza.

Parece estar claro que la confianza en uno mismo se construye desde pequeño y que su consistencia descansa mucho en el modelo educativo que tengamos en familia.

Pero ¿que ocurre con la confianza en los demás? Indudablemente, este es otro cantar. Es algo que se gana con dificultad a medida que tenemos la medida propia de lo que consideramos como fiable. Y que, una vez traicionada, resulta muy complicada de restaurar.

Por esto la recomendación va, en este caso, a quien la solicita. Como la metáfora, podremos estirar el papel arrugado, pero nunca estará tan liso como al principio.

Sentido Común

El sentido común es la mercancia mejor distribuida en este mundo. Todos creemos estar bien provistos de ella.
Rene Descartes

Lo prometido es deuda. Y cuando hablábamos del respeto la semana pasada, terminaba el post anticipando uno sobre este controvertido termino o concepto que es el sentido común.

Éste parece aplicarse a un conjunto de normas, convenciones o sabiduría popular, que nos dictan que es lo que es adecuado o no. Pero, y como nos dice Albert Einstein, es más bien todo lo contrario. “El sentido común es la colección de prejuicio que se adquieren hasta los dieciocho años”, non comenta el eminente científico.

Porque así es. Hablando desde una disciplina que a menudo es confundida con este concepto, si hay algo cierto de él, es lo poco común que es. Ya lo dice el mal interpretado dicho que reza “el sentido común es el menos común de los sentidos”, del que asumimos que es algo corriente de lo que todos deberíamos estar al tanto y conocer. El sentido común no es tal. Es todo lo contrario. Es un conjunto de creencia que nosotros, individualmente o en grupo, pensamos que es lo correcto. Lo que debe ser. Y esto, coincidirán conmigo no tiene nada que ver con la realidad.

De hecho lo que denominamos “sentido común”, es algo propio, casi tanto como nuestras huellas dactilares. Podemos compartir partes de él, con otras personas, momentos o circunstancias. Pero eso, ni de lejos, quiere decir que sea lo correcto.

Recuerden que nos dicta el sentido común, por ejemplo, cuando viajamos en avión y nos comentan que primero nos pongamos la mascarilla a nosotros, para después ayudar a quien lo necesite. Pensamos, hasta que lo entendemos, que es egoísmo. Luego lo encontramos lógico -de sentido común-.

Porque el sentido común, cambia. Y este es lo único que parece cierto. Admitirlo si es de sentido común.

Inevitable

Existe algo tan inevitable como la muerte: es la vida
Charles Chaplin

Asumir la inevitabilidad de aquello que no podemos modificar es, sin duda, una sabia elección. Es bueno para nuestra salud mental. No paramos de leerlo en propuestas más o menos bienintencionadas orientadas al cultivo de nuestra felicidad.

Pero ¿hasta que punto esta opción es sana? No cabe duda que cuando se trata de luchar contra el paso del tiempo, las condiciones atmosféricas o las decisiones de otras personas en cuanto a su vida, resulta complicado plantear que podemos cambiar algo. Pero no es así. Podemos hacerlo. Quizás no en el sentido en que queremos, pero si hacia un lugar que nos permita aceptar los cambios con alegría e, incluso, con ilusión.

A medida que vamos entrando en el camino de la aceptación se produce, paradójicamente, una mayor comprensión de lo que vale o no la pena intentar. Digamos que comenzamos a adquirir una sabiduría que nos permite entender que es lo que merece nuestro esfuerzo y que no. Un ejercicio de observación y paciencia que nos hace emplear nuestro tesón en aquello que si nos hace crecer. Descubrimos cuando es el momento para discutir, para luchar o para esperar.

Porque lo inevitable, en realidad nunca lo es. Hay opciones. Puede que muchas nos lleven a perder algo que no queremos, y esto nos haga entender que no tenemos ninguna posibilidad. Así es la realidad. Todo lo que no depende de nosotros, lleva a elegir. Y no necesariamente entre algo bueno y malo, productivo o no … A veces son pequeños matices los que terminan determinando que es lo que consideramos inevitable.

Excepto cuando se trata de nosotros mismos. Es ahí donde se encuentra el verdadero cambio. En nuestra infinita capacidad para, a través del autoconocimiento y de la aceptación, ser capaces de cambiar. Pero quizás esto nos de para otro post.