¿Por qué nos cuesta tanto?

Errar es humano, perdonar es divino
Alexander Pope

Puedes jurar que has lavado los platos, aunque sea evidente que allí siguen y que tu pareja te lo hace ver. No lo has hecho pero eres capaz de discutirlo hasta la saciedad a pesar de la evidencia. ¿Por qué?

Nos gusta pensar en nosotros como personas que cumplen con sus obligaciones. Que no se equivocan. Y, lo que todavía nos gusta menos, es admitir que lo hacemos. No puede ser. Y, aunque sea absurdo, lo negamos y mantenemos esta idea hasta los límites de lo grotesco. Hay quien piensa que esto se debe a que vivimos una epidemia de infalibilidad.

Puede que ayude mucho la posverdad política -negar que algo ha ocurrido o no, o simplemente inventarnos hechos inexistentes que corroboren lo que nos interesa-, pero esto puede ser un verdadero problema en nuestro día a día.

Alexander Pope, es el autor de la cita que encabeza este artículo. Quizá, en los tiempos que corren, deberíamos reescribirla para que quede “errar es humano, admitirlo, divino”. Parte de perdonar, tiene que ver con hacerlo con nosotros mismos. Pero hacerlo público, parece ser una empresa casi imposible para muchas personas.

El investigador R Lewicki, de la Universidad de Ohio, destaca como, casi todos los días, los medios de comunicación recogen una disculpa “de alto nivel”. En sus investigaciones concluyen que éstas se llevan a cabo con dos intenciones principales: como una forma de reparación de la imagen (pública por lo general), y como un intento de recuperar la confianza perdida. Ambas cumplen un propósito, pero coincidirán conmigo que, en ocasiones, se nota demasiado que no son sinceras.

Admitir que hemos cometido un error conlleva, casi siempre, una revisión de nuestras creencias. Y por eso cuesta tanto hacerlo. Asociar, por ejemplo, la violencia machista, a cuestiones como la libertad de expresión, es algo totalmente censurable. Por esto cuesta todavía más disculparse por sugerir que una mujer ha sido agredida porque iba vestida de una forma determinada. El que lo hace intenta darle muchas vueltas para hacer ver que no quería decir lo que evidentemente dijo. Sin darse cuenta que se mete en un berenjenal difícil de salir.

Y esta es el primer consejo para admitir un error o disculparse. Que sea sincero, y que estemos dispuestos a lidiar con que se ponga en duda nuestra sinceridad. Es la parte más complicada y que, en muchas ocasiones, nos hace que no lo hagamos. O que nos metamos en la posverdad de discutir que los platos fueron fregados pero se volvieron a ensuciar solos.

Esta epidemia de infalibilidad es común cuando nos queremos ver solamente a la luz de nuestras virtudes y fortalezas, en lugar de aceptar, comprender y mejorar, en nuestras debilidades. Las segundas, pensamos, es mucho más sencillo si las ocultamos. Aunque sea mintiendo.

Por esto, Lewicki y su equipo, señalan que, la disculpa o admisión de error, debe incluir, para que sea tomada en serio, un reconocimiento de responsabilidad. Y un compromiso de solucionar el mal que se hiciera. Ya saben, toca fregar los platos y admitir que se fueron a la cama sin ni siquiera acordarse de que estaban allí.

Las disculpas al contrario que la admisión de no haber hecho algo o haberlo hecho mal, son distintas. Incluyen una víctima. Puede ser una persona o un colectivo. Si les hemos causado daño, toca restituirles lo que hemos hecho mal. Puede se un comentario, o una obligación que no hemos cumplido. El grado en que acompañemos nuestra disculpa con hechos, será el grado en que podamos mitigar el error cometido. Aunque, en ocasiones, sea muy complejo.

Centrarnos solamente en nuestra imagen y como resulta afectada por la aceptación de un error, puede ser la máxima expresión de egocentrismo o, incluso narcisismo. Por ello, ser capaces de empatizar con quienes pueden haber sido perjudicados por él, es la forma genuina de restaurar lo que hemos podido romper, en la medida de lo posible.

Resulta inevitable que cometamos errores en nuestra vida. Algunos incluso pueden dañar a otras personas. Pero, paradójicamente, admitirlo, es una expresión de nuestra mayor fortaleza.

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