No me toques … mi tristeza

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No me toques … mi Tristeza. Esta ha sido mi exposición en La Laguna en Positivo 2017. Se preguntarán a que viene el título de mi intervención ¿verdad? No es lo habitual. Se supone que estábamos a eso de la felicidad ¿nos habremos equivocado?¿O se habrá equivocado este? En cierta forma así es. Creo que es momento de ser conscientes que esta venta indiscriminada de positividad y optimismo, puede estar haciendo más daño que bien. La psicología debe dar un paso decidido para explicar que es la felicidad, y que es la psicología positiva.

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Vivimos rodeados por un continuo bombardeo de mensajes para que seamos felices. Es, en cierta forma una “dictadura de la felicidad”, propiciada por una idea que pretende hacernos entender que si no lo somos, algo falla en nosotros. La apropiación de las emociones por personas sin formación -y sin escrúpulos-, puede llegar a conseguir, precisamente todo lo contrario a lo que nos pretenden vender. Algo así como la obsesión por un cuerpo perfecto que nos lleva invadiendo hace años y que ha conllevado trastornos psicológicos derivados de una incorrecta relación con la alimentación.
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Esto ha provocado, en los últimos años, un creciente número de personas que se sienten culpables o avergonzadas de su propio desánimo, que perciben como negatividad. Esta corriente de pensamiento positivo, una suerte de dictadura similar a la que nos impulsa a tener un cuerpo perfecto, lo ha conseguido. No está bien estar triste. No es aceptable. Tú puedes cambiarlo y sonreír siempre. Frases, libros de autoayuda, programas de radio o televisión, han hecho de la felicidad un producto de consumo indispensable.

Y de la tristeza, una emoción proscrita.

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Esto, por supuesto, no es así. Nuestras emociones, nuestra tristeza o felicidad es algo propio, íntimo. Nadie debe dictarnos como debe ser. Conocernos, entendernos y querernos forma parte de lo que realmente puede conducirnos a encontrar las felicidades … o las tristezas propias. No las empaquetadas, impuestas, que tienen más semejanza con un producto de consumo que con una estrategia de autoconocimiento, autoestima y autocompasión.

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Es lo que nosotros decidamos que sea. Son nuestras elecciones las que determinan el color que le ponemos a la vida. Y, sea lo que sea, tiene que venir de nosotros para nosotros. Por muy atractivos que puedan resultar determinados productos prefabricados. Éstos tendrán el mismo efecto que las dietas milagro. Puede que funcionen el fin de semana que pagamos, o el curso al que nos apuntamos. Pero, cuando estamos a solas ¿tendremos las herramientas necesarias para seguir adelante? 

Es muy sencillo. Es la decisión entre quien te da la caña para pescar y te pone los peces a tiro, o quien te enseña a usarla y permanece contigo para que puedas entender el proceso. Elegir no es sino ser conscientes de nosotros mismos.

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Por lo tanto, no es una obligación. No tenemos que ser felices, decidimos serlo. Si queremos. Y cuando queremos. Ya está bien que nos sintamos forzados por quienes creen que la felicidad es un producto de consumo en lugar de lo que es. Una situación efímera que debemos aprender a disfrutar mientras está. Y entender que en algunas ocasiones no lo estará. Sin que pase nada. Sin que tengamos que agobiarnos por ello. 

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Para ello debemos conocer nuestras fortalezas, saber aquello en lo que nos movemos con soltura. Y desarrollarlo. Además de utilizarlo como punto de apoyo para superar aquello que creemos que son nuestras debilidades.

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Digo creemos porque, en ocasiones, lo que pensamos que lo son, en realidad se convierten en nuestras mayores virtudes. Sensibilidad, empatía, compasión … son formas de estar en el mundo que pueden hacernos sentir tristes. Sin duda. Pero nos hacen sentir vivos. Reaccionar ante la vida con compromiso y dedicación.

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Es un balance. Emocional. Que ocurre en todo momento. Aquí, ahora. En el pasado y ocurrirá en el futuro.

¿Como lo podemos conseguir?

Les voy a proponer tres actitudes a desarrollar para conseguir esta plenitud vital. Ese balance entre la felicidad y la tristeza, que compone la película emocional de nuestra existencia.

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En primer lugar, y como tal balance, debemos dejar que se produzca. No aferrarnos a nuestros estados de ánimo. Si estamos tristes, no quedarnos ahí todo el rato. Lamentándonos de estarlo. En cierta forma, regodeándonos en ello. Dejemos que fluya, y que se vaya. Así cuando vuelva lo entenderemos como algo natural.

Lo mismo con la felicidad. Vivámosla. Disfrutemos de ella. Pero no nos aferremos a ella. No temamos perderla. Porque, desde que lo hagamos, ya no estaremos felices. Tendremos miedo.

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En segundo lugar viene la actitud que tomamos con nosotros mismos. O nos estamos culpando todo el rato por estar en un estado emocional u otro, o nos observamos para entender que nos hace vivir. Que nos entristece. Que nos hace felices.

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Estas dos actitudes no se conciben sin una tercera. La aceptación. Solo aceptándonos, comprendiendo quienes somos y que nos hace vibrar, sabremos aquello que queremos cambiar.

Es paradójico. Pero en muchas ocasiones intentamos conseguir aquello que ya tenemos y sin embargo no vemos. Eso es la aceptación.

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