Prohibido jugar

No siempre podemos construir el futuro de nuestra juventud, pero podemos construir nuestros jóvenes para el futuro.
Franklin D. Roosevelt.

No, no se extrañen. Este es el cartel que pueden encontrar en una conocida plaza de Santa Cruz de Tenerife, con una mención especial al uso de monopatines en dicho lugar. No se, me llama muchísimo la atención ¿A ustedes? Recuerdo, eso sí, ver a jóvenes jugando con la tablita a ruedas por ese lugar. ¡Hacen auténticas diabluras con ellas! Pero parece que resultan molestas a alguien. Por esto será lo de la prohibición.

Lo que me lleva a la propuesta de hoy. ¿En qué momento dejamos de jugar? O mejor ¿En qué momento comenzamos a prohibir hacerlo? Porque lo cierto es que nos quejamos mucho que los niños no juegan como antes, que están todo el día con una pantalla frente a sus ojos … que se están convirtiendo en adictos a ello. Y al alcohol … o las drogas.

Desde la evidencia científica, la prevención de las adicciones, se basa en la promoción de estilos de vida saludables y que expresen valores positivos. Si, de acuerdo, pero ¿en que se materializa esto? Porque parece muy claro que hace tiempo que olvidamos la prevención basada en la evidencia, para sustituirla por la prevención basada en la ocurrencia.

El riesgo forma parte de la conducta exploratoria asociada a la evolución individual humana. Lo pueden encontrar en los manuales de psicología evolutiva, justo al lado de la curiosidad. Es nuestra forma de aprender. Principalmente con la experiencia propia. Casi nunca en cabeza ajena.

Es por esto que, cuando miramos a la realidad del consumo de drogas o de uso intensivo de móviles o tablets, nos tendríamos que preguntar si nuestros niños y niñas tienen las habilidades, la capacidad, el tiempo y el espacio para jugar a aquello que pueda competir con ese uso. Y una segunda pregunta, quizás más crucial que esta primera: ¿Si nosotros estamos dispuestos a asumir los riesgos que estas actividades alternativas conllevan?

Como padres y madres, cada vez protegemos más a nuestra descendencia. Intentamos que “no les pase nada”. Pero lo malo es, precisamente eso. Que terminamos consiguiéndolo. Establecemos una burbuja de protección alrededor de ellos, para que no les ocurra nada malo. Sin ser consciente que, esta misma burbuja, también evita lo bueno.

No en vano estamos asistiendo unos niveles de depresión y ansiedad en la infancia, difícilmente explicables. Las edades en las que comienzan a brotar estos trastornos cada vez son más tempranas en la sociedad occidental. Los datos son verdaderamente alarmantes.

Ocurre que la sobreprotección establece una “red de seguridad”, que condiciona mucho la vida de nuestros hijos. La estrecha de una forma que puede resultar insoportable para un cerebro necesitado de estímulos potentes para evolucionar. Están en un colegio, que cada vez juega menos, en actividades extraescolares que son diseñadas por adultos “por el bien de la infancia”, en pueblos y ciudades que consideran la infancia, como algo “que molesta”.

Así no es de extrañar que terminen en un botellón con edades para estar jugando a la pelota en la calle, metidos en casa jugando a la guerra en una pantalla, en lugar de estar en la plaza con un grupo de amigos y amigas, o viendo porno en el ordenador en lugar de estar con los primeros escarceos de una sexualidad incipiente.

Porque lo cierto es que la prevención de las adicciones, es incómoda. Y, en ocasiones, resulta imposible compatibilizar nuestra tranquilidad con el desarrollo social y personal de nuestros hijos. Las actividades que les gustan, y que pueden competir con otras que, a la larga, pueden ser muy perniciosas para su salud mental y física son, en muchos casos, arriesgadas o molestas.

No tenemos más que mirar a nuestras playas, en las que, en su mayoría, no se permite jugar a la pelota, o correr, o saltar … porque se molesta a quienes están tomando el sol. Y no digo que una cosa se deba priorizar sobre la otra, pero ¿no es posible una convivencia de ambas?

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