¡Quiérete!

Me tomó mucho tiempo aprender a no juzgarme a mí misma a través de los ojos de otro.
Sally Field

Reaccionamos castigándonos por los errores. Llegamos a odiarnos por ello y hacemos todos los esfuerzos posibles para compensar ese fallo que estimamos haber cometido.
En pequeñas dosis, esta autocrítica puede ser muy positiva. Nos hace ser conscientes y responsables. Pero de una forma excesiva, puede provocar el efecto contrario, debilitarnos y vencernos.

¿Qué es lo que podemos hacer? Los investigadores han comenzado a analizar la importancia de la “autocompasión”, tratarnos con cariño y comprensión cuando cometemos un error o pasamos un mal trago, en nuestra calidad de vida y nuestra autoestima.

En otras palabras, independientemente de si te consideras alguien muy competente o no en una determinada ocasión, respetarte como lo harías con otra persona debe ser lo mínimo que se despache. La autocompasión es similar a la autoestima en cierta forma, pero al contrario de esta última, tiene que ver más con como te tratas a ti mismo que con como te juzgas.
Por ejemplo: “He cometido un error, vale – nadie es perfecto. Lo haré mejor la próxima vez”.

Las investigaciones llevadas a cabo por Kristin Neff en la Universidad de Austin en Texas, sugieren que esta actitud está asociada con resultados positivos, tales como una mayor resiliencia o capacidad de encajar situaciones dolorosas, un mayor bienestar mental, y una reducción de los síntomas de la ansiedad y depresión. Aunque la autocompasión puede parecer un poco egoísta, los estudios confirman como su práctica facilita la empatía con los demás.

¡Fantástico! Debes estar pensando, ¿cómo lo hago? Porque es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Cambiar la forma de relacionarnos con nosotros mismos es, al menos, tan difícil como cambiar la forma de relacionarnos con los demás. Es algo que tenemos que trabajar duramente para conseguir.

Empecemos por estas propuestas ¿les parece?

Cambiemos nuestra perspectiva. Resulta más sencillo ser compasivos con los demás que con nosotros mismos. Para hacerlo basta con imaginar que alguien que apreciamos esta en nuestra piel. ¿Qué le diríamos? Otra opción es pensar en lo que nos diría alguien que nos aprecia.

Quiérete como lo haría tu padre o tu madre. La forma en que nos debemos tratar se asemeja a lo que hacemos con nuestros hijos. Les apoyamos y les queremos pero también somos críticos y severos. Es esta combinación la que funciona, si queremos mejorar la forma de acercarnos a nosotros mismos con respeto y con amor.

Identifica las fuentes encubiertas. Conductas autodestructivas como ejercicio excesivo, conducción temeraria, consumo de drogas o alcohol, son algunos ejemplos de los mecanismos que utilizamos para anestesiar nuestra insatisfacción con nosotros mismos. La vergüenza y la culpa son algunos de los pensamientos que subyacen a estos castigos. Tratemos de sustituirlos con pensamientos más constructivos y positivos.

La culpa no siempre es mala. No estamos hablando de una especie de indulto por adelantado para todo aquello que hagamos mal. Sentir culpa o responsabilidad por algo que debíamos o podíamos haber hecho mejor puede ser útil. En su medida, y siempre que implique un análisis orientado a hacerlo mejor la próxima ocasión. No caigamos en la complacencia.

En definitiva se trata de mostrar el mismo respeto hacia nosotros que nos gustaría que nos mostrasen los demás. Es un ejercicio que conduce a conocernos mejor, a querernos y de rebote, a querer a los demás.

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