Los límites

Un hombre libre es aquel que, teniendo fuerza y talento para hacer una cosa, no encuentra trabas a su voluntad.
Thomas Hobbes

Vivimos un momento de paradojas. Por un lado nos repiten constantemente que “si queremos, podemos”, por otro, nos damos de bruces con la cruda realidad, que nos hace ser conscientes que las cosas no son tan sencillas.

Quienes llevamos en esta profesión, la psicología, desde hace ya muchos años, somos testigos y acompañantes de ello. Hemos visto hasta la saciedad, como personas con una motivación eviedente para cambiar su estilo de vida y mejorar como seres humanos, tropezaban una y otra vez en su intento por conseguirlo.

Hablo de quienes, por ejemplo, ven como su mundo alrededor se desmorona por su adicción, y toman la firme determinación de abandonarla para, unos meses más tarde, recaer en ella.

No es algo sencillo. Nunca lo ha sido. Y no tengo muy claro que la psicología esté siendo consciente de la importancia de ir mucho más allá de los mensajes alentadores y frases al uso, para hacer constar la necesidad de un trabajo continuado, de un esfuerzo permanente, para conseguir cambiar aquello que queremos, en nosotros.

Nuestra tendencia sociocultural, al menos en nuestra sociedad occidental, está dominada por la negación del cambio, su no aceptación. Nos lleva a ansiar la estabilidad por todos los medios posibles, llegando a extremos increíbles para conseguirlo.

La realidad es otra. Cambiamos desde que estamos en el vientre materno ¡y menos mal! Y quienes entienden, aceptan y abrazan este cambio, son mucho más felices. Ese es el truco.

Hacerlo implica mucho trabajo. Es, en cierto modo, despojarse de una vestimenta que nos viene inserta en nuestra educación y transitar hacia un mundo desconocido donde pocas cosas van a ser como esperábamos.

Para conseguirlo, no es suficiente con la fuerza de voluntad. Al menos no como lo pensamos. Este concepto también deriva de un planteamiento egoista del mundo y de nuestras relación con él ¡podemos controlarlo todo! Y si nos ponemos a ello, nada se nos pondrá por delante.
Falso. Es todo lo contrario. Solo la aceptación de las muchas cosas que no están bajo nuestro control, y la asunción de la responsabilidad sobre aquellas que si, nos puede poner en el principio del camino para subirnos al cambio que queremos ver en nosotros mismos.

Para esto, y unido a la perseverancia, esfuerzo y resiliencia, indispensables para conseguir vivir una vida mejor y más felices, tendremos que dejar en el camino otras costumbres, muy arraigadas en nuestro modo de vida.

Por ahora solo les quiero señalar dos de ellas: los juicios y las expectativas. Los primeros, hacen que vivamos una vida externa a la nuestra, decidiendo sobre lo que está bien o mal que hagan otras personas. A veces, olvidando el cultivo de nuestros propios valores. Y la segunda, íntimamente ligada a la primera, las predicciones que hacemos sobre como nos va a ir, la mayoría de las ocasiones, sin fundamento alguno.

El cambio, por mucho que lo deseemos, se fundamenta en pilares robustos que lleva tiempo construir. Y quien vende que no es así, miente. Es un trabajo interior, para empezar, de consciencia de quienes somos. Una vez ahí, podremos tener una idea aproximada de lo que necesitamos para conseguirlo.

No hay misterio, ni fórmulas mágicas. Constancia, formación y humildad. Así se construye el cambio.

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