¿Deberías?

Si nosotros somos tan dados a juzgar a los demás, es debido a que temblamos por nosotros mismos.
Oscar Wilde

Es una de las conjugaciones más populares del verbo “deber”, tanto en singular como en plural.

No creo que seamos conscientes hasta que punto penetra en nuestras vidas, impregnándolas de ciertas ideas de corrección. Y hasta que punto nuestros pensamientos, emociones o elecciones, se encuentran condicionadas por lo que encierra este tiempo verbal.

Si vamos al diccionario encontraremos como la función auxiliar de “debería” está asociada a obligación, adecuado, correcto o aquello que es probable o de esperar que ocurra.

Esta absolutamente inserta en nuestra interpretación del mundo y de las personas que nos rodean, asignándonos un supuesto derecho a opinar sobre lo que otras personas dicen, hacen o piensan. Y viceversa.

La usamos todos los días, sin ningún pudor, abiertamente o simplemente, en nuestro pensamiento. Es como nuestra propio “set” moral, que determina nuestra visión de los demás y del mundo en general.

Cuando somos pequeños, “debería”, aparece en las enseñanzas y costumbres de nuestra familia.

Limpiarse los dientes, compartir nuestros juguetes porque es lo correcto, comer fruta y verdura para crecer sanos y fuertes … En esta etapa de la vida “debería” es una palabra guía, que actúa como sugerencias para ayudarnos a entender el mundo que nos rodea y a construir nuestra propia autonomía.

Y sigue siendo una palabra amable que nos guía en las diferentes etapas de nuestra vida que vamos pasando. Nos enseña a desenvolvernos adquiriendo un papel cada vez más relevante en nuestro día a día. Hasta aquí todo bien.

Porque esta palabra, o el significado que le damos después, puede convertirse en una verdadera fuente de desazón, insatisfacción y juicio, que convierta nuestra vida, y la quienes nos rodean, en un sin vivir.

A medida que vamos creciendo, “debería” puede convertirse en la expresión de nuestra sensación de impotencia. Pensamos que deberíamos estar haciendo algo, que no estamos haciendo. Y esto nos hace infelices. La palabra abandona su papel, de motor del cambio, para convertirse en una especie de juez de las posibilidades alternativas, consiguiendo que estemos en una continua situación de desesperanza.

Debería haber ido … pero me quedé, debería haber dicho pero me callé, … son algunas de las expresiones de esta circunstancia anímica, que nos coloca siempre en un pasado supuesto. Así conseguimos no estar en el presente y ocuparnos de lo que si estamos a tiempo para cambiar ahora. Pierde su valioso rol, de motor del cambio. para convertirse en un lamento. Y no sirve para nada.

Por esto es conveniente que analicemos la utilización de esta palabra y seamos conscientes de para que la estamos haciendo. Una buena forma es ver cuando es posible sustituirla por otra: “podría”. Ésta ultima nos conduce a analizar porque no hemos hecho lo que “deberíamos” haber hecho. Examinarlo, nos permite saber si fue una decisión basada en algo que no podíamos cambiar, o si no fue así.

Un “debería haber ido al gimnasio” puede haber sido condicionado por nuestro trabajo, nuestros deberes familiares o cualquier otra cosa que, en esos momentos, hizo que no pudiésemos ir. Lo que nos ocurre es que, después, olvidamos o atenuamos la razón de no haber hecho algo, y comienza el arrepentimiento.

No tiene sentido. Especialmente porque estamos evaluando un deseo actual sin poder recrear los hechos pasados. No funciona. “Podría”, sin embargo nos obliga a revisar las circunstancias que nos hicieron decidir una u otra cosa. Y determinar si fue una decisión adecuada o no. Esto nos permite aprender, en lugar de llevarnos a la queja continua que provoca el uso inadecuado del debería, a toro pasado.

Otro uso, perverso, de este tiempo verbal, viene cuando lo asignamos a los demás. Más allá de nuestro papel como padres o madres, profesores o maestros, de una persona o grupo en particular.

Sin embargo, este es uno de los usos más comunes -y dañinos-, de este palabra y de lo que encierra. Lo es porque juzga a los demás, según nuestro modo de pensar o sistema de valores, y provoca una visión excluyente, en muchos casos peligrosa, de la vida y de nuestros semejantes. Y además, suele ir asociada a otro verbo -habría o tendría que-, formulado de forma que sean otras personas las que tengan que hacer algo determinado que nosotros pensamos que se debería hacer. Una forma clara de evitación o difusión de la responsabilidad que nos coloca siempre en el papel del observador no comprometido.

En definitiva: Hagamos lo que creamos que debemos hacer, dejemos que los demás también lo hagan y, si creemos que se tiene o hay que hacerlo ¡hagámoslo nosotros!

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