A veces

A veces siento que no puedo más. Que la vida está yendo demasiado rápida y con muchas complicaciones. A veces solo deseo esconderme en mi cama y dormirme para que me olviden los problemas. A veces, aún sabiendo de su pequeñez, la más nimia de mis dificultades se me antoja como un muro insalvable. A veces, me siento muy débil e incapaz.

 

Son todos estos momentos que, a veces me ocurren, los que me hacen ver la importancia de conocerme. De parar, de cuando en cuando, para ver que es lo que está ocurriendo en mi. Lo más complicado para es, que aún siendo consciente de este vaivén, no me acostumbro a él. O quizás de eso se trate, de no verlo como algo inevitable.

Porque cuando llegan estas circunstancias, aparecen de la nada. No están programadas, por mucho que nosotros, en nuestra infinita vanidad, pensemos que podíamos haberlo planificado. Y es entonces, cuando nuestra desazón por lo incontrolable, se tiñe de la culpa por no haberlo previsto. Nuestro enorme ego nos dice que no puede ser. Que somos demasiado listos y fuertes para que esto se nos escapase.

Pero la realidad es otra. La vida es imprevisible. No puedes controlarlo todo. De hecho, no hay casi nada que puedas controlar. Y es ahí precisamente donde radica el aprendizaje. En entender que hay subidas y bajadas. Que en muchas ocasiones no se trata de intervenir, simplemente se trata de estar. Que tu mismo y que las personas que te necesitan, solo precisan levantar la vista y verte. Nada más.

Seamos sinceros. A veces las cosas se arreglan sin que intervinamos. A veces, tratando de modificar el devenir natural de los eventos, simplemente cambiamos como deberían ser. Ocurre desde hace tiempo en la naturaleza. Rediseñamos el curso natural de un río, para que en una situación difícil, este caudal de agua nos muestre toda su sabiduría y vuelva a donde debía estar.

Por esto, cuando nos encontremos desbordados, simplemente miremos a nuestro alrededor. Busquemos a quien podemos ayudar. Como por arte de magia, todo se relativiza y es como si disolviéramos nuestra tristeza en el agradecimiento de quien ayudamos.

Encontramos en quienes nos necesita un magnifico antídoto para nuestro egoísmo emocional, una suerte de tijera que nos quita las vendas y nos permite ver la vida en toda su extensión. Nos ubica de nuevo en un mundo del que nunca deberíamos separarnos: el de las personas. Cuando esto ocurre, encontramos nuestras fuerzas, esas que llaman de flaqueza y que, quizás, habríamos de rebautizarlas como ocultas.

Porque es sorprendente como, sin pensar, aparecen de la nada un montón de capacidades y habilidades, que no sabíamos que estaban ahí. Y, si las dejamos actuar, nos cambian. Nos re conducen hacia nosotros mismos. Hacia lugares que no pensábamos tener o emociones que habíamos descartado hace tiempo.

Eso ocurre, a veces. Pero no va a aparecer por arte de magia. Es necesario que, como ya hemos comentado un poco más arriba, paremos y miremos a nuestro alrededor, física y mentalmente, para reconocer a quienes van a nuestro lado, quienes nos acompañan. En este momento es cuando seremos conscientes de nosotros mismos y se abrirá un mundo infinito de posibilidades hacia nuestra felicidad.

Es difícil de comprender para este mundo construido sobre la exclusión y el apartamiento de lo diferente, sin darnos cuentas que son las personas que creemos dejar tras nosotros, sin compasión, las que más nos tienen que enseñar.

Por esto, a veces, me detengo y siento. Y cada vez más a menudo. Que tengan un magnífico sábado.

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