¿Lo quieres controlar todo?

Tener el control en la vida nunca es fácil, y a veces puede ser hasta doloroso. Pero a largo plazo las experiencias óptimas añaden un sentimiento de maestría (o tal vez mejor sea decir, un sentimiento de participación al determinar el contenido de la vida) que está tan cerca de lo que queremos decir normalmente como felicidad como cualquier otra cosa que podamos imaginarnos.

Mihály Csíkszentmihályi

El control es una de las mayores ilusiones de la humanidad. Queremos sentir que controlamos todo lo que nos rodea. E incluso aquello que está más allá de nuestra realidad. Muchas de nuestras insatisfacciones tienen que ver con esta ilusión. Esperar controlar puede provocar ansiedad, depresión, trastornos del sueño u otros problemas de salud mental.

Pero, seamos realistas. A pesar de el incremento de información disponible, de una educación cada vez más específica y accesible, lo inesperado forma parte de nuestra realidad e interfiere con nuestros planes. Cualquier plan que hagamos, por muy pormenorizado y detallado que sea, debe incluir lo imprevisto en el mismo.

¿Qué ocurre cuando un plan se altera? Para la mayoría de nosotros dependerá del día o de la situación. Puede ser que veamos el obstáculo como una oportunidad, algo excitante. O puede que lo veamos como algo que distorsiona nuestros planes, nuestra vida de tal forma que nos confunde, nos provoca stress y, en cierta manera, nos paraliza. Este segundo tipo de reacción es, cuando menos, contraproducente. Nuestra capacidad de recuperar nuestro equilibrio dependerá de nuestra habilidad mental, en ese momento, que nos permita responder creativamente y avanzar.

El deseo de controlarlo todo nos viene de fabrica. Tiene sentido, ya que al controlar nuestro entorno incrementamos nuestra capacidad de supervivencia. O, al menos, esto es lo que pensamos. Si podemos anticipar lo que va a ocurrir, estas oportunidades aumentan. Pero, realmente, ¿son así las cosas?.

whitewater-raftingEste deseo de control, paradójicamente, nos puede confundir y llevarnos a pensar que podemos prever lo que va a ocurrir. Aparte de la evidente dificultad que se ha demostrado para predecir el futuro, la ilusión de control, en si misma, puede ser una gran trampa que nos haga olvidar la necesaria preparación y conocimiento que tenemos que atesorar en el presente.
Este deseo de control aparece desde la más tierna infancia. En un estudio llevado a cabo con bebes de cuatro meses, los investigadores le ataban unas cuerditas a sus manos de forma que al moverlas sonaba música. Cuando les quitaban las cuerdas, y a pesar de que la música seguía sonando con los mismos intervalos, a los bebes no les gustó y se desgañitaron pidiendo volver a “manejar los hilos”.

A menudo escuchamos que esta “ilusión de control” puede resultar beneficiosa ya que anima a las personas a responsabilizarse, pensando que mucho depende del papel que jueguen en una determinada situación. Es el caso de alguien que debe seguir una dieta o controlar una medicación tras haber sufrido un ataque cardiaco.

Sentir que tenemos cierto grado de control es también muy beneficioso en aquellas ocasiones en las que las probabilidades de éxito son pequeñas, como puede ser obtener un trabajo al cual aspiran miles de solicitantes. Esta sensación hace que nuestra actitud sea más positiva e, indudablemente influye en la forma de abordar la situación.

Pero no todo es positivo con esta “ilusión”. Tomemos el ejemplo de las apuestas. Nos bombardean con las infinitas posibilidades que tenemos de ganar en una lotería o en la quiniela, creándonos esa ilusión con el único objetivo de que invirtamos nuestro dinero en estos juegos de azar. Ocurre algo similar en los mercados financieros, en donde los operadores tienen la sensación de controlar mucho más de lo que realmente controlan, como muestra un estudio llevado a cabo en 2010. De hecho, este estudio muestra que cuanto más creen hacerlo, peores son sus resultados. Olvidar las leyes de la aleatoriedad no parece una buena idea en ninguno de estos dos campos.

La ilusión de control nos puede llevar a no aprender de nuestros errores. Imaginen un montañero que no aprende de los sustos que le ha dado la montaña a lo largo de los años. Confía en su conocimiento y en su preparación física, y olvida los errores cometidos en el pasado. Durará poco.

Lo más curioso de este fenómeno es que puede que no sea totalmente una ilusión después de todo. En una serie de experimentos llevados a cabo por Gino et al. (2011) se constata que, cuando más control real tenemos sobre una determinada situación, la sensación de control disminuye. Esto puede resultar, en un sentido, beneficioso y lógico. A mayor conocimiento, más consciencia de las posibilidades de que lo inesperado ocurra. Pero, desde otro punto de vista, puede provocar que las actuaciones que se lleven a cabo sean muy conservadoras.

Esto en determinadas situaciones, puede resultar paralizante.

En conclusión, el cóctel adecuado parece ser una buena mezcla de conocimiento, preparación y consciencia de lo imprevisible. ¡Como la vida misma!

Publicado originalmente en abril de 2013

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