¿Mucho Ruido?

El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos.

Miles Davis

En un momento u otro de nuestra vida, el ruido nos desespera. Puede ocurrir cuando estamos en nuestro puesto de trabajo y el sonido de las reparaciones que están acometiéndose en la oficina nos desconcentran. O en un atasco en el que las bocinas nos hacen saltar de nuestros asientos, cada vez que suenan. O la música que los vecinos ponen más alta de lo que creemos debería ser.

El ruido nos rodea. Especialmente a aquellos que vivimos en ciudades y trabajamos al lado de las vías de circulación, o en ellas. Pero también a quienes desarrollan su trabajo en fábricas, en hostelería, o en centros comerciales con la música a tope.

Seguro que cada uno de nosotros podríamos poner infinidad de ejemplos personales que corroborarían el impacto del ruido en nuestro bienestar mental… y físico. Nos podemos arriesgar a asegurar que todos tenemos nuestro “diablo ruidoso” particular. Esa situación, a menudo incontrolable, en la que perdemos el control por los sonidos que nos envuelven. A veces sin ser conscientes de ello.

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Pero ¿esto por qué nos ocurre? Quizás la explicación más sencilla es que la interacción que pueda existir entre situaciones emocionalmente complicadas y determinados sonidos, puede llevarnos a apreciarlos aún más. Eventualmente, el desequilibrio entre estos dos factores, puede disparar una reacción emocional negativa en nosotros.

Cuando la actividad entre las zonas cerebrales y emocionales de nuestro cerebro, se incrementa, puede causar una sensación de disgusto o incomodidad con un determinado sonido. Es lo que ocurre cuando escuchamos el sonido de unas uñas rascando la superficie de una pizarra. Cuando escuchamos estos sonidos desagradables, el córtex auditivo y la amígdala interactúan más intensamente, procesando las emociones negativas. La amígdala es una pequeña parte del cerebro, en forma almendrada, encargada de procesar, entre otras cosas, las respuestas de miedo o la creación de memorias emocionales.

Si fuésemos capaces de entender lo que ocurre en nuestro cerebro cuando nos exponemos a sonidos, seríamos capaces de comprender mucho mejor cuales son los mecanismos que provocan nuestra mayor o menor tolerancia al mismo.

Aunque se conocen bastante bien, los efectos que puede tener el ruido en nuestro sistema auditivo e, incluso, que tipo de sonidos parecen ser universalmente agradables o desagradables, queda mucho camino de investigación por delante. Sonidos como un taladro o un bebe llorando, pueden sacar a cualquiera de sus casillas. Sin embargo, el mismo bebé riendo a carcajadas, nos hace relajarnos y esbozar una placentera sonrisa.

Lo que si parece estar bastante claro es la contribución del ruido al empeoramiento de determinadas situaciones emocionalmente complicadas. No procesaremos el sonido de la misma forma si estamos sufriendo un episodio de ansiedad o un trastorno depresivo que si lo escuchásemos tranquilamente.

Los sonidos se pueden aislar se muchas formas. Desde los consabidos tapones hasta los auriculares con música más alta que el sonido de fondo. Son soluciones validas que pueden resultar útiles. Pero, en el fondo, lo que estamos haciendo es añadiendo más ruido. Cierto que para compensar el molesto. Pero por un método acumulativo.

Frente a esto, las curas de silencio siempre que podamos, son una magnífica opción. No se trata de meternos en una cámara aislada. A veces solo es necesario dedicar unos minutos al día a estar sentados en silencio. Resulta una buena ayuda, comenzar a practicar meditación o mindfulness. De esta forma, establecemos, y nos hacemos conscientes, nuestro nivel ideal de sonido. Que nos resulta agradable para empezar y  a partir de este momento saber que ruidos forman parte de nuestra vida.

En el fondo, como nos afecte el ruido, lo determina un balance emocional. Si llegamos tarde a llevar a los niños al cole, y alguien nos toca el claxon (probablemente porque se encuentra en una situación similar), no lo procesaremos igual que si vamos a tiempo y es la otra persona la que tiene su balance descompensado.

 

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