El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Veo mucho miedo en ti.

Maestro Yoda

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar un halago?¿por qué cuándo alguien aprecia un buen trabajo que hemos hecho, nos dura tan poco tiempo en la memoria? Y, por otro lado ¿Por qué no somos capaces de sacarnos de la cabeza ese comentario impertinente?¿O ese mal gesto?

Les cuento algo personal. Cuando conduzco, me enfado con cierta facilidad. Si, es cierto. Lo admito. Ah ¿no me digan?¿a ustedes también les ocurre? Pues yo llevo ya tiempo intentando cambiarlo, y no es sencillo. Recuerdo en una ocasión, como otro conductor se salto un cruce y casi provoca que chocásemos. Toque el claxon y el susodicho comenzó a increparme airadamente, para asombro de mi familia y mío ¡era él quien había cometido una infracción!

Reaccione bien, lo reconozco ahora (y estoy orgulloso de mi mismo por ello), y simplemente lo deje pasar con sus improperios y transfiguración facial. Pero, y aquí viene lo asombroso, no pude quitarme el incidente de la cabeza durante días. No había forma. Y no era el posible accidente ¡Era no haber reaccionado agresivamente a sus insultos! Había algo en mí que me decía que debía haber respondido a ellos. Algo primario, interno, que no me dejaba salir del bucle de pensamiento reactivo. Y lo único que conseguía romperlo, era comentárselo a mi familia, que me repetían lo orgullosos que estaban de la forma de reaccionar que había tenido. Curioso ¿verdad?

Citas25a.001Pues esto que me ocurre, al parecer, no es tan raro, lo que supone un consuelo. El ser humano reacciona mucho más a lo negativo que a lo positivo, porque lo percibe como una amenaza. Esto es lo que nos dice Evian Gordon, neurocientífico australiano. Nuestro cerebro opera con el principio de “máxima recompensa y mínimo daño”. Es una maquinaria que trata de evitar la amenazas, por encima de todo. Por eso, si alguien nos devuelve nuestro saludo amablemente con una sonrisa, apenas lo procesamos. Y, sin embargo, si esa misma persona nos aparta la mirada, nos costará mucho quitárnoslo de la cabeza. Aparentemente, multiplicamos los gestos negativos y minimizamos los positivos. Y esto es algo que hacemos en todas las esferas de nuestra vida.

Los investigadores han comprobado que, a menudo, en situaciones sociales, se activa la respuesta de amenaza, que tiende a ser más intensa y duradera que la de recompensa. La información recolectada, a través de mediciones de la actividad cerebral, sugiere que las mismas respuestas neurales que nos guían hacia la comida o nos alejan de depredadores son activadas por nuestra percepción de la manera en que se nos trata.

Las investigaciones llevadas a cabo por Naomi Eisenberger, muestran que el sentimiento de exclusión provoca, en el cerebro, el mismo tipo de reacción que el dolor físico. La hipótesis de Matthew Lieberman, de la UCLA, quien conduce con Eisenberger estas investigaciones, es que los seres humanos, al evolucionar, crearon este vínculo en el cerebro entre la conexión social y el malestar físico, “porque, para un mamífero, estar socialmente conectado con quienes lo cuidan es necesario para su supervivencia”. Este estudio y muchos otros que están surgiendo, dejan en claro una cosa: el cerebro humano es un órgano social. Sus reacciones fisiológicas y neurológicas están profundamente moldeadas por la interacción social.

Estos hallazgos están reformulando la visión del papel de los impulsores sociales y su influencia sobre la conducta. La teoría de la “jerarquía de necesidades”, de Abraham Maslow, sostiene que los humanos satisfacen sus necesidades en una secuencia que empieza por la supervivencia física y escala hasta la autorrealización, y donde las necesidades sociales se ubican en el medio. Pero muchos estudios recientes muestran que el cerebro equipara las necesidades sociales con la supervivencia. Tener hambre y estar condenado al ostracismo activan una respuesta neural similar.

El conocimiento de esta dinámica puede influir decisivamente en nuestro trabajo personal.  Pero esto no es algo inmutable. Conseguir traer a primera línea lo positivo para, al menos igualar lo negativo, puede ser un magnífico comienzo. Conocer lo que ocurre, no implica conformarnos con ello. Siendo conscientes, nuestra tarea parece estar muy clara. ¿Nos ponemos a ello?

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