No hay nada más fácil que el autoengaño. Ya que lo que desea cada hombre es lo primero que cree

Demóstenes

En teoría, a quien nunca debes mentir es a ti mismo. Es lógico, resulta tan absurdo o incluso, peligroso como dispararte en el pie o meterte el dedo en el ojo. Sin embargo, lo hacemos continuamente.

me-and-myself-what-you-see-is-what-you-get-self-deception-by-jcoterhalsNos mentimos todos los días, y estas mentiras nos hacen infelices. La razón por la que lo hacemos ha sido objeto de estudio por la psicología desde hace décadas. Hace ya algunos años, Quattrone y Tversky llevaron a cabo un experimento para intentar arrojar algo de luz sobre este curioso fenómeno.

Sus conclusiones corroboran lo que podemos estar pensando. Nos mentimos a nosotros mismos para sentirnos mejor, a pesar de tener evidencia de la mentira. Parece como si prefiriésemos no conocer la verdad por miedo a no poder afrontarla. Y lo más curioso de su estudio es que, una vez efectuado este autoengaño, somos mucho más proclives a buscar solo datos que confirmen su veracidad. Pasamos a creernos solamente aquello que nos conviene para corroborar nuestra auto mentira.

Como comenta el biólogo Robert Trivers

“Nuestro sistema sensorial está organizado para proporcionarnos una detallada y precisa representación de la realidad, pero una vez que esta información llega a nuestro cerebro, es frecuentemente distorsionada y sesgada hacia nuestra mente consciente. Reprimimos recuerdos dolorosos, racionalizamos conductas inmorales y priorizamos nuestra autoestima. Nos negamos la verdad a nosotros mismos.”

Recogiendo lo presentado por Trivers, nos encontramos con un serio dilema, como comenta la psicóloga Cortney Warren. Dada la naturaleza inconsciente del auto engaño ¿Cómo podemos reconocer cuando lo estamos haciendo? Claramente no nos podemos cuestionar continuamente si estamos o no mintiendo. ¡Nos paralizaría!

Esta autora nos propone tres ejercicios que nos pueden ayudar a dejar de mentirnos. Los tres exigen un trabajo en nosotros mismos, basado en la aceptación de nuestras emociones, pensamientos y conductas, reconociéndolas.

Las emociones. Generalmente, si somos reactivos a algo o alguien es porque nos recuerda algo doloroso, duro o no resuelto en nuestras vidas. Por eso, cuando sintamos una fuerte reacción emocional ante un suceso o una determinada persona o personas, hagamos una pausa. Pensemos. ¿Esta emoción que tengo de donde viene? ¿Tiene que ver con algo que este ocurriendo ahora? ¿Lo estoy asimilando a un suceso doloroso o no resuelto de mi pasado?

Solamente con aprender a utilizar esta pausa para examinar nuestra emoción, habremos avanzado un gran trecho en la evitación de un autoengaño automático. Estamos trayendo a nuestra consciencia algo que no estaba allí. Y frecuentemente, nos daremos cuenta que la emoción que generaba no tenía nada que ver con la realidad.

Los pensamientos. Este es el segundo paso, íntimamente ligado al anterior. Todos queremos creer que nuestros pensamientos son reflejos precisos de la realidad. Y no es así. La mayoría de ellos están condicionados por nuestras experiencias anteriores y, en lugar de reflejar la realidad, están comparándola con el pasado otra vez.

Esto consigue que asimilemos que personas de la misma nacionalidad son de una determinada manera, o que lo que nos dice nuestro hijo es mentira porque nosotros lo hicimos con nuestros padres.

De nuevo el ejercicio es la pausa. Examinemos los datos que tenemos para pensar de una u otra forma y descubriremos cuales son realmente validos para nuestros pensamientos. Puede resultar complicado al principio, pero lo aprenderemos a hacer rápidamente y con diligencia. Y nos hará inmensamente felices. ¡Pensar en presente es realmente liberador!

La conducta. A todos nos gusta pensar que somos personas justas, que nuestra conducta está guiada por la ecuanimidad. Que no tenemos prejuicios de ningún tipo. Pero lo cierto es que no es así. Aunque nos engañamos continuamente para creer que si.

Mostramos conductas sexistas, racistas, intolerantes… etc., a pesar que no lo queramos admitir. En muchas ocasiones, se quedan en nuestro inconsciente y no las dejamos salir. En otras ocasiones nos hacen actuar de una forma que no quisiéramos.

Como ya se imaginan el ejercicio es de nuevo parar. Conseguir identificar nuestras conductas en el momento en que se producen y examinar porque ocurren. Es quizás doloroso, porque nos llevará a encontrar motivos injustificados o juicios crueles que están en nuestro interior.

Por supuesto nada de lo que les estoy proponiendo es obligatorio. Exige mucho trabajo y puede conllevar decepciones. Pero son el paso obligado para un cambio real hacia nosotros mismos, hacia nuestra verdadera identidad. No la que maquillamos para poder dormir tranquilos.

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