En todo período histórico han habido personas que se han preocupado de algo más que de su propio beneficio, que se han sentido realizados dedicándose a la mejora del bien común, la lucha entre el egoísmo y el altruismo en la historia se ha manifestado como los períodos de luz y de sombra en una tarde de verano.

Mihály Csíkszentmihályi

En los últimos días me he estado repitiendo esta pregunta una y otra vez. Con casi 400.000 parados y unos responsables políticos que no parecen dar con la solución, la respuesta ciudadana a las dificultades que muchas familias están pasando se ha convertido en una verdadera red de apoyo informal. Desde la responsabilidad de los abuelos que reciben en sus casas a sus hijos e hijas de vuelta, los colectivos vecinales, las personas anónimas o cualquier otra iniciativa que se nos pueda ocurrir está soportando, literalmente la salud física y mental de quienes experimentan la crisis en su propia carne.

Más allá de cuestionar las medidas que toman las administraciones, que pueden leer en cualquier sección de este periódico, me gustaría ir al fondo de la ayuda. De ese apoyo desinteresado y muchas veces anónimo, que la sociedad civil está vertebrando casi sin darse cuenta de que lo hace.

Hace un tiempo, la responsable de un conocido comedor infantil, me comentaba como no daban avío a recibir todas las aportaciones de empresas y particulares para asegurar que ningún niño dejaba de recibir comida. Pero lo más sorprendente, me decía, es ver como familias con dificultades pasaban por el comedor para dejar un brick de leche o una bolsita de lentejas para contribuir.

animal-altruism03La cuestión de por qué los seres humanos estamos preparados para ayudar incluso en situaciones extremas a los que están peor que nosotros, es algo que se ha descolocado durante siglos a los pensadores. Desde un punto de vista evolutivo, el altruismo no parece tener sentido. Si acudimos a las teorías neodarwinianas, nos dirán que el ser humano es básicamente egoísta. Después de todo, somos los portadores de miles de genes cuyo único objetivo es replicarse y sobrevivir. No deberíamos estar interesados en sacrificarnos por los demás.

Según algunos psicólogos no existe el altruismo “puro”. Cuando ayudamos, siempre esperamos un beneficio, incluso aunque no seamos conscientes de ello. El altruismo nos hace sentir bien, hace que otros nos respeten y puede conducirnos al cielo (si así lo creemos). O puede que sea una estrategia inversora. Lo hacemos con la expectativa de que si nos encontramos en una situación similar, recibiremos ayuda. Esto se denomina altruismo recíproco. Según los psicólogos evolutivos, puede ser incluso una forma de mostrar nuestra competencia y capacidad.

También se ha llegado a sugerir que el altruismo puede ser un rasgo residual de cuando estábamos en las cavernas, una forma de proteger a la manada.

Lo que tienen en común estas explicaciones es la intención de manifestar lo innatural del fenómeno, no el por qué de su existencia.

No aclaran porque determinadas personas, en circunstancias excepcionales, llevan a cabo actos heroicos. O porque muchas personas han decidido ayudar a los que creen que necesitan su ayuda. A costa, en ocasiones, de su cansancio y su salud.

Nada de esto puede explicarlo. Quizás la empatía si lo pueda hacer. Ese fenómeno psicológico que propicia que nos pongamos en el lugar del otro y podamos entender como se siente.

O quizás tengamos que ir un poco más allá. Y entenderlo en el marco de lo que el mindfulness denomina compasión, que no es otra cosa que la capacidad de sentir como se siente el otro, de volver a la sensación de conexión con los demás.

Desde mi punto de vista, el altruismo es una expresión de la conectividad existente entre los seres humanos que sale a flote y se hace visible en situaciones de emergencia como las que vivimos últimamente.

 Negarlo o simplemente tratar de minimizarlo es un ejercicio que se ve superado día a día por la realidad.

 Afortunadamente.

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