Todo poder es una conspiración permanente.

Honoré de Balzac

Siempre hay un motivo oculto, algo que no nos enseñan, un alejado lugar en el medio de un desierto en el que se han hecho pruebas a seres distintos a nosotros. Una luz que aparece en el cielo y que de ninguna forma se puede explicar como un avión o un helicóptero. Detrás hay algo maligno, planeado por el poder oculto del mundo o por los Iluminati de turno.

Las conspiraciones son un gran favorito de los productores de televisión ya que siempre encontrarán una audiencia receptiva que las respalde e, incluso, las enriquezca. Y si además, vivimos en un momento de crisis y penurias, mejor todavía.

Dejando aparte nuestro absoluto desconocimiento de muchas ramas de la ciencia o de la tecnología, lo cierto es que cada vez me sorprende más la imaginación de los humanos. Michael Shermer de Scientific American lleva unos cuantos años cerca de estos movimientos conspiracionistas. Una de las conclusiones que más me ha llamado la atención de su artículo es que, según el, las personas que creen en una determinada teoría conspirativa tienden a creer en cualquier otra cábala igualmente improbable o contradictoria.

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Su planteamiento lo corrobora empíricamente un equipo de psicólogos de la Universidad de Kent, publicado el pasado enero en una prestigiosa revista científica.

Los autores comienzan definiendo a la teoría de la conspiración (sea cual fuese) como un “un plan premeditado organizado por organizaciones que trabajan juntas, en secreto, para conseguir un objetivo (generalmente siniestro) determinado”. Este plan es “notoriamente resistente a comprobación … y se le añaden nuevas “capas” de conspiración para racionalizar cualquier evidencia que descarte la misma”.

Una vez que creemos que “una conspiración global y siniestra puede ser ejecutada con éxito en un secreto casi perfecto”, cualquier cosa es posible.

Este sistema de creencias monolítico explica las correlaciones significativas que encuentran los autores entre las diferentes teorías que analizan en su estudio. Por ejemplo encuentran una relación muy importante entre aquellos que creen que una célula “inexistente” del MI6 mató a Lady Di con los que creen en que el VIH se creó en un laboratorio o que nunca se ha llegado a la luna. El efecto continua incluso cuando las teorías se contradicen. Quienes creían que Diana había simulado su muerte eran los más propensos a creer que había sido asesinada.

Los autores sugieren que hay un proceso superior tras todo este fenómeno. Lo denominan, coherencia global, que desactiva cualquier intento de explicación racional o científico. A medida que vas creyendo en más conspiraciones, es menos probable que admitas las explicaciones que te dan. Las autoridades, los científicos e incluso las evidencias físicas, entraran a formar parte del Plan.

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