¿Sabe lo mejor de los corazones rotos? Que sólo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños.

                                                                                                                              Carlos Ruiz Zafón

En algunas ocasiones podemos encontrarnos inmersos en relaciones que nos hacen sentir miserables, sabemos que algo no funciona, pero seguimos manteniéndolas. No sabemos como terminar esta situación a pesar de que es evidente el daño que nos está produciendo. Pero siempre hay salidas. Les proponemos una serie de estrategias para abordarlas, basadas en la evidencia científica que nos sugiere J. Breines, en Psychology Today.

No confundamos adicción con amor. Son dos cosas diferentes. Aunque neuroquímicamente son similares, como han mostrado diversos estudios, y las regiones cerebrales que se activan durante ambos procesos coinciden bastante, todo no depende de la química. El amor sano tiene muchos componentes difícilmente comparables con la adicción, como el respeto, la confianza y el compromiso. Son estas cualidades las que hacen que una relación se fortalezca con el tiempo y crezca, incluso en esos momentos en los que la excitación y la pasión no están en primera línea.

El amor adictivo, al contrario, está más centrado en el mantenimiento de estos momentos de “subidón”, cueste lo que cueste. Aunque parezca lo contrario, las parejas menos comprometidas, aquellas que no se llaman cuando dicen que lo iban a hacer, por ejemplo, son las que más probabilidad tienen de conseguir una adicción amorosa. Esto ocurre por un fenómeno psicológico por el cual cuanto menos control tengamos sobre lo que ocurre, es decir, cuanto menos predecible sea lo que hagamos, más probabilidad tenemos de consolidar una conducta.

La inconsistencia del otro o la otra nos engancha, nos hace querer más, nos deja ávidos de lo que la otra persona decida hacer. Si queremos salir de esta situación, deberemos intentar reformular nuestros pensamientos y nuestras emociones fríamente, considerando el proceso biológico que lo sustenta.

Puede resultar curioso, pero si en lugar de dar rienda suelta a nuestra ansiedad por esa llamada que no llega, somos capaces de decirle a nuestro cerebro: sé que estás segregando dopamina, y por eso me siento así.

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Date un respiro. Nuestro entorno cercano o nuestra familia pueden tener dos tipos de actitudes: quienes quieren hacerte sentir bien, asegurando que tu pareja te quiere un montón, que todo va a salir bien al final o que baches pasamos muchos; y los que te dicen que debemos estar locos, o que somos débiles y patéticos porque estamos manteniendo una relación insana.

Puede que nos sintamos apoyados por cualquiera de estas dos situaciones. Por un lado se agradece el apoyo para seguir y por otro no viene mal un empujón para motivarnos a cambiar.

Una forma de confortarnos y darnos fuerza sin castigarnos es tener una actitud compasiva con nosotros mismos. Esta actitud implica fortalecer nuestra autoestima, asegurándonos que no somos personas horribles si no queremos seguir adelante con una relación enferma. La autocompasión implica pensar en nosotros, cuidarnos, y querer lo mejor de nuestra relación. Esto implica no continuar con algo que nos está haciendo daño.

Desafía la disonancia cognitiva. Este fenómeno es muy conocido en psicología y nos enseña a evitar aquello que no nos parece lógico. En este caso, y dado que vamos a enfrentar un proceso doloroso, experimentaremos momentos en los cuales nos plantearemos si realmente estamos haciendo lo que debemos.

Dirige tu decisión. Terminar con una relación puede ser un proceso doloroso y no es fácil hacerlo solo. Necesitarás un buen equipo que te apoye y que te ayude a llenar tu vida con actividades positivas y saludables. Pero acabar con años de vida en pareja es una decisión individual. Aquellos que te rodeen deben respetar esta circunstancia. Y, en cualquier caso, en los momentos de confusión que puede conllevar esta situación, detente y pregúntate que es lo que quieres.

Solo tú lo sabes.

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