A un pueblo no se le convence sino de aquello de que quiere convencerse.
Miguel de Unamuno 

Llámenme ingenuo, pero soy de los que todavía sigue creyendo que las soluciones llegan dialogando, que las personas pueden llegar a consensos beneficiosos mediante el ejercicio de la palabra, con razonamientos, discutiendo, con argumentos y con conocimiento. ¿Es demasiado? Probablemente sí, pero déjenme con mi fantasía.

Si te gusta estar pendiente de la política de tu país (¡todos tenemos nuestros vicios!) podrás recitar sin duda alguna una lista de razones por las cuales los miembros de los diferentes partidos y especialmente los que están en el gobierno y en la oposición, no consiguen encontrar terrenos comunes para abordar situaciones complejas o críticas. Llamémoslo poder, disciplina de partido, miedo a perder la silla, o muchas otras que tienen que ver más con una charla de café que con la evidencia.

Lo sé, yo escribo sobre la psicología. A eso vamos.

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Aunque la mayoría de las motivaciones políticas tienen que ver con lo que he comentado anteriormente, hay algunos aspectos psicológicos de las dinámicas de funcionamiento intragrupo que hacen realmente complicado la cooperación entre partidos.

Según la historia humana, los grupos deben ser buenos. Proporcionan protección e incrementan las oportunidades. Como resultado de esto, apoyamos a los grupos a los que pertenecemos y tratamos a otros grupos con cautela.  A este efecto se le denomina Efecto de Sensibilidad Intragrupo.

Yendo al ejemplo de la política, donde en teoría debemos convencer a los miembros de otros partidos de que lo que nosotros proponemos es bueno, o de que lo que ellos proponen no lo es, este efecto es un verdadero obstáculo.

Si el problema solo fuera este, las cosas no serían tan graves. Si somos capaces de construir un argumento sólido, deberíamos de ser capaces de convencer a los demás grupos. Pero, desafortunadamente, esto no es así. O al menos esto es lo que concluye un reciente experimento llevado a cabo por S. Esposo en la Universidad de Queensland, Australia.

Los autores proporcionaron a los participantes australianos tres tipos de argumentos para justificar la reforma de la ley respecto a los nativos de su país. Ambos grupos recibieron información: 1) basada en opiniones, incidentes aislados o cosas así, 2) basada en estudios e informes del gobierno y de la universidad y 3) sin información. Un grupo recibió la información por parte de miembros de su grupo (australianos) y otro lo recibió por parte de extranjeros (americanos o ingleses).

Los argumentos basados en informes y estudios, emitidos por australianos, ganaron por goleada a las otras dos opciones en la necesidad de modificar las leyes discriminatorias. Sin embargo estos mismos argumentos, emitidos por extranjeros, no tuvieron el más mínimo efecto sobre la opinión de los participantes.

Descorazonador, ¿verdad? Y esto, ¿cómo se puede mitigar? La psicología propone un ejercicio de cooperación para conseguirlo. Imaginar que se colabora con otros que no son de tu grupo para la consecución de un bien común como un entrenamiento para mejorar nuestra capacidad de modificar nuestros argumentos.

Lo más curioso es que esta solución es bien conocida por los gobernantes cuando se trata de conseguir algo. Basta con inventar un enemigo, por ejemplo, para ponernos a todos de acuerdo.

Me gustaría pensar que esto también lo podríamos conseguir sin necesidad de buscar razones bélicas.

Pero esto es ciencia, no ficción.

2 pensamientos

  1. Buenas, no cabe la menor duda, que nos seguimos fiando más de los que conocemos que a los que no, y eso posiblemente sea malo,digo posiblemente, por que eso no nos deja, ni pensar, ni meditar sobre el problema en cuestión, llevándonos a un enfrentamiento de conflictos, del cual no salgamos bien parados, no obstante pienso que ante situaciones de este tipo, me pregunto ¿Que hacer, me fío del que conozco o del que no?, nose será cuestión de que cuando llegue el momento, lo pensaré, un saludo para los mañaneros. F.E.G.

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