De mis disparates de juventud lo que más pena me da no es el haberlos cometido, sino no poder volver a cometerlos.

Pierre Benoit

Al menos así parecen sentirse muchos jóvenes. Especialmente en estos tiempos de excesos alcohólicos, bajadas de guardia y pérdidas de control. Es cierto que no solo les ocurre a ellos, pero a éstos, les caracteriza esta sensación de indestructibilidad que se asocia a la edad que tienen.

La adolescencia, como cualquier padre o madre sabe, es una época de riesgos. Con mayor libertad e independencia, la gente joven tiene nuevas elecciones a tomar. Drogas, coches, sexo —por separado o juntas —, constituyen algunas de las más comunes. Y la capacidad de arriesgar unida a una creencia ilusoria sobre ejercer control sobre lo que hacen, puede tener consecuencias fatales …. para todos.

Todos hemos oído el tópico acerca de que los jóvenes creen ser inmortales e inmunes al daño. Esta asunción se presenta como una verdad irrefutable sobre la mente adolescente y fundamenta innumerables campañas dirigidas a padres y madres, insistiendo en la necesidad de educarles acerca de los riesgos. El problema es que no es cierto, señala la profesora de Desarrollo Humano y Psicología de la Universidad de Cornell, Valerie Reyna.

Las investigaciones recientes muestran que la gente joven es bien consciente de su vulnerabilidad. Cuestiones tan serias como ser madre, las consecuencias de beber alcohol, o contraer el SIDA u otras enfermedades son, de hecho, tenidos en cuenta de una forma más sensata de lo que se cabría a esperar.

Es cierto que los jóvenes muestran, en ocasiones, un sesgo optimista, pensando siempre que corren menos riesgos que los que han sufrido sus consecuencias alguna vez. Algo que también piensan los adultos. Pero esto no explica porque los adolescentes asumen riesgos que evitan los adultos.

Los estudios de Reyna y sus colaboradores en Cornell sugieren una respuesta bastante curiosa. Los adolescentes se arriesgan, no porque se crean invulnerables, sino porque razonan demasiado cuando toman decisiones.

Incluso conociendo los riesgos, los adolescentes los sopesan en comparación con los beneficios a obtener. Valoran el riesgo que supone tener sexo sin protección, pero el beneficio inmediato gana la partida. Frente a esto, los adultos tienden a dejarse llevar más por su intuición y evitan el riesgo a pesar de lo que se pierde. Podríamos decir que la historia previa que tenemos los adultos juega a nuestro favor. En el caso de los jóvenes, la opción de “solo por esta vez”, puede ser la ganadora.

La cuestión es que conseguir que un cerebro joven compute un “no” rápida y categóricamente más que ponerse a procesar los “pros y los contras”, no es sencilla.

En un reciente estudio se le pidió a participantes de distintas edades que respondieran a preguntas relacionadas con situaciones arriesgadas. Los adolescentes tardaban sensiblemente más en reaccionar que los adultos de media.

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Las áreas cerebrales que captan rápidamente la situación y regulan los juicios (específicamente las partes dorsolaterales y ventromediales del lóbulo frontal) se están todavía desarrollando durante la adolescencia, y no alcanzan su total maduración hasta los veintitantos años. El cerebro adolescente no está optimizado para tomar estas decisiones con celeridad.


La tesis arroja dos importantes conclusiones: En primer lugar, bombardearles con los hechos no les ayuda a tomar mejores decisiones, de hecho lo que puede conseguir es animarles a una forma de razonamiento menos madura y más arriesgada. Las intervenciones deben promocionar un estilo de pensamiento más concluyente y menos deliberativo. En segundo, y dado que sus cerebros no están suficientemente maduros, la exposición de los jóvenes a riesgos mayores debe limitarse lo más posible.

La seguridad de los adolescente es una responsabilidad comunitaria y no una cuestión individual. Las intervenciones que les ayuden a aprender a tomar mejores decisiones deben ser una parte esencial de un compromiso social con el desarrollo juvenil y la salud comunitaria.

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