Si lo que queremos conseguir es que la gente cambie su conducta, dales donde duele. Y en donde les duele especialmente es en la cartera. Este es el típico razonamiento que estamos acostumbrados a oír a las autoridades. Si lo que pretendes es que la gente deje de tirar papeles a la calle, múltalos. Consigues que vean la conducta en términos de coste-beneficio. Dejan de ensuciar no por que se den cuenta de que esta mal, sino porque les afecta al bolsillo.

Esta forma de interpretar el civismo, consigue que percibamos la conducta “limpia” no como la más adecuada, sino como la mas barata. Y pronto deja de tener sentido, si dejamos de vigilarla y poner sanciones. Cuando desaparece la amenaza financiera, veremos los papeles o las colillas en el suelo de nuevo.

Desde luego que no parece rentable que empleemos permanentemente a los cuerpos y fuerzas de seguridad en la vigilancia de los cochinos (término empleado coloquialmente para referirse a aquellos y aquellas que deciden que no importa que la calle este sucia, y que además lo exhiben orgullosos u orgullosas).

Entonces ¿qué podemos hacer para conseguir una medida más duradera que las multas? Un estudio publicado en Social Influence, nos da algunas pistas. Los autores proponen que la desaprobación social resulta más efectiva que las sanciones, ya que los efectos permanecen aún después de que quitemos la amenaza. Al contrario que con las multas.

basurero

Diseñaron un experimento con tres grupos que tenían que llevar a cabo una tarea colaborativa para conseguir un premio. Los participantes estaban aislados y recibían la recompensa de forma proporcional. Un grupo funcionó sin reglas, eran libres de no hacer la tarea o de vaguear, nadie les decía nada. Un segundo grupo recibía sanciones si no hacían un mínimo de tarea, previamente establecido. A los miembros del tercer grupo se les informaba del esfuerzo que habían desarrollado los otros integrantes, avergonzando a los que no se empeñaban suficientemente. Hay que decir que la tarea era muy sencilla y solo implicaba estar pendiente de unas señales en la pantalla de un ordenador.

Tras unas cuantas sesiones, a todos los grupos se les dejo “libres”, sin multas o desaprobaciones. El grupo que mantuvo la actitud cooperativa prácticamente al mismo nivel, fue precisamente el que había sido expuesto a la estrategia de la vergüenza, mientras que el grupo “sancionado”, volvió rápidamente a su actitud poco solidaria.

Los autores concluyen que sus resultados tienen importantes implicaciones para las políticas públicas. Sugieren que para conseguir el cumplimiento de normas sociales, como la limpieza en las calles, la exposición pública de los “infractores” tiene un efecto mucho más duradero y estable que las sanciones económicas, incluso después de que termine la “campaña”.

Esta versión extendida del famoso “liquido de la piscina” puede, indudablemente, ser muy complicada de poner en práctica, y seguro que sería muy contestada. Pero lo cierto es que todos nos quejamos de la actitud incívica de los demás y reclamamos medidas.

Quizás si nos vemos expuestos, consigamos esta conciencia ciudadana que tanto reclamamos. Quizás si somos conscientes de que nuestros actos perjudican a los demás, cambiemos. Quizás prefiramos seguir pagando multas.

Y usted ¿qué opina?

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