Las religiones se pueden contar con los dedos de una mano, otra cosa son las sectas destructivas, que provocan daños psicológicos, físicos y económicos al adepto, al que captan a través de las emociones.       

Eloy Rodríguez-Valdés                                                                                                                                                                         

Vivimos tiempos complejos, en donde las soluciones fáciles se presentan como la salvación y nos proponen cambiar nuestra vida para poder salir adelante y conseguir ser mejores.

Las sectas peligrosas no son solo sectas religiosas que pregonan el fin del mundo y obligan a sus adeptos a sacrificarse incluso a costa de su propia vida. Estos grupos. que han proliferado en nuestra sociedad en los últimos tiempos ofrecen al adepto apoyo, integración en el grupo, altos ideales y, como no, un líder carismático. Este líder es generalmente el creador de una doctrina en la que se debe creer, defendiéndola a ultranza de otras personas no creyentes o externos.

Una secta, como su nombre lo indica, sectariza, separa, segrega; es decir, atrae a sus seguidores poniéndolos inmediatamente en contra de sus detractores. Además, una secta peligrosa utiliza la manipulación del pensamiento para persuadir, controlar y socializar a sus miembros (integrarles en un único patrón de relaciones, creencias, prácticas y valores). Inducirlos sistemáticamente a estados de dependencia psicológica, explotándolos para conseguir los objetivos que marca el líder del grupo.

Para la secta destructiva resulta imprescindible transformar la personalidad de sus adeptos, alienándolo, de modo que sus prioridades, intereses, relaciones personales y objetivos, sean los que el grupo dictamine.

Esto se consigue mediante una manipulación psicológica muy elaboradas, que apartaa al individuo de su entorno sociofamiliar o, lo que es más habitual, le obliga a redefinir las relaciones con él. De esta forma, el adepto puede comenzar pidiendo dinero a sus familiares o amigos con el fin de sostener a la secta o, si tiene sus propios ingresos, ponerlos a disposición gradualmente, de la secta.

Utilizan técnicas, aparentemente inocentes, como supuestas encuestas para encontrar empleo, o grupos de que ofrecen sus servicios para conseguir trabajo. También pueden ofrecer soluciones “milagrosas” a las familias, como es el caso de jóvenes adictos a las drogas o con problemas con la ley. En este caso la dependencia comienza en la familia, a la que se libera de la carga que supone la persona problemática a cambio de aportaciones voluntarias al programa de tratamiento.

Efectos visibles de la persuasión

Para poder detectar estos efectos en el adepto en curso, el psicólogo social Brad Sagarin, identifica nueve síntomas que la familia y los amigos pueden apreciar en alguien que está bajo la influencia de un culto:

  1. Cambios de personalidad.
  2. Alteraciones dramáticas de valores y creencias.
  3. Cambios en dieta o patrones de sueño.
  4. Evitación de las citas importantes con la familia.
  5. Imposibilidad de tomar decisiones sin consultar al líder del grupo o gurú.
  6. Aparición repentina de una nueva ideología para explicar todo.
  7. Razonamiento blanco-negro, simplista.
  8. Un nuevo vocabulario.
  9. Insistencia en que hagamos lo que él o ella hace.

Estos síntomas se pueden explicar por el desarrollo de una pseudo-identidad que la persona adopta para encajar en el nuevo ambiente de la secta.

Una vez reprogramado el adepto poseerá una nueva personalidad ajustada a los requerimientos del grupo, que los familiares y amigos no acostumbran a reconocer, sintiéndose por encima de ellos ya que tiene acceso a una verdad superior que le hace sentirse más feliz de lo que nunca había sido anteriormente.

El cambio observado acostumbra a ser brusco e inesperado, muy similar en la mayoría de los afectados, independientemente del grupo al que pertenezcan y de su personalidad anterior.

¿Qué se puede hacer para que el adepto abandone la secta?

Abandonar una secta es un proceso que requiere de la intervención de profesionales que puedan ayudar al individuo o a las personas que busquen ayuda para él. Es importante que no supongamos que podemos lograrlo por nuestra cuenta, habitualmente apelando a razonamientos emocionales o incluso a medidas drásticas. La desprogramación de un adepto es un proceso complejo y debe ser conducido por expertos, que decidirán que tipo de intervención deben llevar a cabo según la fase en la que se encuentre el individuo.

Es en los momentos tempranos de la captación, en donde el individuo conserva esencialmente su personalidad y la capacidad de diálogo con personas resulta mas sencillo parar el proceso de integración y las posibilidades son muy elevadas. Sin embargo, una vez que se produce la identificación con  los planteamientos y objetivos del grupo, las intervenciones son más difíciles pero posibles.

Es al final, cuando se asienta definitivamente la dependencia y la instauración de la nueva personalidad, cuando hay que actuar con la máxima habilidad utilizando técnicas de desprogramación a cargo de personas expertas.

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