¿Quién cuida a quien cuida?

Dedicado a ti

 

6.00 de la mañana. Oigo como papá da vueltas en la cama y murmulla. Se que tengo que levantarme para dejarlo preparado y poder ir a trabajar.

6.30. He conseguido que se coma bastante del desayuno, lo que me deja más tranquila, ya que el almuerzo y cena de ayer no hubo manera.

6.40. Despierto a mamá para decirle que me tengo que preparar para el trabajo y que papá está en la sala. Se levanta a duras penas, y me dice que apenas ha dormido pensando en que haré cuando ella no esté.

7.00. Llega Lucía, la señora que cuida a papa durante la mañana y que, a duras penas, conseguimos pagar. No hay palabras para agradecerle su profesionalidad y cariño con mi padre ….. y con nosotras. Tras contarle como ha ido la noche y repetirle por enésima vez lo del cambio de medicación, me voy a trabajar.

7.10. Paso por la sala, le doy un beso a papá, y me encamino a la puerta. Oigo, “adiós hija”, con esa bonita voz que la edad no ha tocado. Sonrío con una lágrima.

Todos conocemos a alguien, o formamos parte de ese grupo de personas que, “cuidan” de los suyos, de los enfermos, de los discapacitados, de los mayores. Es una labor abnegada, fruto del inmenso amor, agradecimiento o responsabilidad, o las tres cosas, hacia la persona que se cuida.

Pero, ¿quién cuida al que cuida?. Estas personas, que dedican su tiempo a la labor de cuidar a los suyos, están especialmente predispuestos a sufrir un agotamiento mental y físico, que se conoce como “síndrome del cuidador”. Las demandas del cuidado pueden sobrepasar a cualquiera, especialmente si sentimos que tenemos poco control sobre lo que ocurre o nuestra situación financiera no nos permite “externalizar” alguna de las rutinas del cuidado.

La fatiga, frustración y el stress del cuidador o cuidadora pueden causar problemas de salud, aislamiento del entorno y resentimiento de sus relaciones sociales. En muchos casos, el familiar cuidador tiene que abandonar su trabajo o reducirlo, lo que implica también reducir las relaciones personales, incrementándo el aislamiento.

En algunos casos pueden existir dificultades reales para ser sustituidos en las labores de cuidado, por no contar con más familia, amistades, contactos de confianza… En otros, los cuidadores viven una especie de fantasía donde la ayuda tiene que surgir de manera espontánea del entorno, y/o coincidir en la forma en la que esperan ser ayudados. De tal forma que si no se dan estas condiciones, no creen ser ayudados y la sensación de sobrecarga y rencor sigue aumentando.

La progresión en el tiempo del deterioro que manifiesta el enfermo, implica una sobrecarga cada vez más intensa en el cuidador. Esta sobrecarga es tanto física como emocional, y provoca un desgaste prolongado, que afecta a la calidad de vida de éste y por tanto, a la calidad de su labor como cuidador.

En una extensa revisión publicada en el British Medical Journal, se señala, entre otras cuestiones, la relevancia de los síntomas depresivos en los cuidadores. Los investigadores recogen una incidencia de casi el doble en estos síntomas en los cuidadores, que en la población general.

Un estudio español sobre el perfil del cuidador afirma que “responde en su mayoría al de una mujer, principalmente hija de la persona atendida, con una edad media de 52 años”. Sólo uno de cada diez hijos que se hacen cargo de sus progenitores es varón.

Otro dato del informe es que un alto promedio de estas personas dedica más de 40 horas semanales al enfermo. Información más que importante a la hora de evaluar el síndrome, ya que como concluye el informe, “el aumento de la cantidad de horas semanales incrementa el valor de la sobrecarga”.

 El síndrome del cuidador se puede prevenir tomando una serie de medidas como las que proponen desde helpguide.org:

  •  Aprender todo lo que podamos sobre la enfermedad de nuestro ser querido. Cuanto mas sabemos, mas efectivos seremos y mejor nos sentiremos.
  • Conocer nuestro límites. Seamos realistas acerca del tiempo que podemos dedicar a nuestra labor. Establezcamos límites claros y comuniquemos esos límites a los demás.
  • Aceptar nuestros sentimientos. Cuidar puede provocar muchas emociones difíciles de abordar, como enfado, miedo, resentimiento, culpa, indefensión y pena. Permitamos estos sentimientos siempre que no comprometa el bienestar de la persona cuidada.
  • Confiar en los demás. Debemos contar como nos sentimos y no “embotellar” nuestras emociones. Si tenemos la posibilidad de acudir a un grupo de ayuda, hagámoslo. El apoyo de familiares y amigos es también algo muy importante, así como el que podamos recibir de un profesional.

 Por último, es importante saber que si sufrimos el síndrome del cuidador, no somos útiles para la persona que estamos cuidando. Nuestra salud mental y física es importante tanto para nosotros como para el desempeño de nuestra labor y solo cuidándonos nosotros seremos capaces de hacernos cargo de nuestra persona querida.

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5 pensamientos en “¿Quién cuida a quien cuida?

  1. Buenas tardes Leo, qué importantes que son estas personas para “sus personas”; no es nada fácil esa situación, hace falta valor, constancia, serenidad… Y como tú muy bien dices, deben ser conocedores de la enfermedad de sus familiares; así los comprenderán más y mejor. Con mayor frecuencia, se utilizan personas ajenas a la familia para el cuidado de nuestros mayores… Si pensáramos en lo que hicieron ellos cuando fuimos niños…

    Gracias por escribir este artículo, merece la pena releerlo en más de una ocasión.

    Un abrazo Leo y buena semana.

  2. ¿Que quieres que te comente?
    Al igual que yvanconejero darte las gracias porque de verdad que me toca el hilo emotivo, pues bien sabes que lo puedo aplicar a padres, hijos ó nietos, pues todavía soy de los que tratan de cumplir con las enseñanzas (rudimentarias y toscas si quieres), aprendidas de mis viejos y posiblemente me afectará en un futuro el “síndrome del cuidador” ó ¿quizás lo tenga ya?
    Difícil respuesta a la preguntita.
    Un abrazo amigo

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