Se vive y se aprende. O no se vive mucho. Lazarus Long

La autoestima puede jugar un papel importante en nuestra felicidad y el éxito en nuestra vida depende, en gran manera, de ella.

Esta afirmación está presente en todos los manuales de autoayuda. Desde hace décadas, los educadores han invertido un especial empeño en hacer que los niños y niñas se sientan bien consigo mismos, sin ninguna razón en particular. Esta práctica que no parece estar apoyada en ninguna evidencia, se basa en la premisa que una alta autoestima conduce a grandes logros.

Pero ¿es esto cierto?. Los programas desarrollados en la escuela del tipo “yo soy especial” piden a los participantes que enumeren sus cualidades y se les premia, digan lo que digan, obviando su esfuerzo, su empeño o cualquier otro desarrollo “real” de esas supuestas virtudes. Aprenden de esa forma a ganar medallas en lugar de aprender a mejorar en lo que hacen. Es decir, les estamos enseñando a ganar recompensas, no a involucrarse en lo que están haciendo para sentir la satisfacción propia de la consecución de un objetivo. Olvidamos que la recompensa no es sino una ayuda más para ello y la convertimos en el objetivo en si mismo.

Este hábito de obtener alabanzas no merecidas interfiere claramente con el aprendizaje, y dar una calificación similar por un supuesto esfuerzo que por la correcta cumplimentación de una prueba solo consigue darles a los estudiantes una sensación sobreestimada de sus habilidades.

Según un estudio reciente del Journal of Personality, los adultos jóvenes parecen preferir un “subidón” de su autoestima por encima de sexo, comida, bebida o cualquier otro placer imaginable. Como ironiza Richard E. Cytowic en Psychology Today, los jóvenes parecen darse por satisfechos con la aplicación para móviles iFlatter que, literalmente ofrece “iluminar tu vida, hacerte reír y reforzar tu autoconfianza”. No es broma, ¡la aplicación existe! y no tiene nada que ver con tus conocimientos o habilidades. Simplemente pones tu nombre y, al lanzar la aplicación, recibes mensajes del tipo “eres simpática”, “que guapo estás hoy” o “eres el rey del mambo”.

Nos hemos centrado en los peligros de una baja autoestima, y su relación con poco rendimiento, falta de iniciativa, aislamiento social o incluso depresión y autolesiones. De esta forma, mucha de la literatura divulgativa en psicología está centrada en como aumentarla. Esta baja autoestima se ha asociado al fracaso o a la no consecución de los objetivos propuestos.

Pero la competencia es una realidad vital, y el miedo a que la gente se sienta mal ha provocado la preocupación de los adultos hasta límites insospechados. Como ejemplo nos sirven la ceremonia de entrega de los Oscars, en los que la tradicional frase “and the winner is!” (¡el ganador es!), se ha sustituido por la más políticamente correcta ¡y el Oscar va a ..!, basándose en la premisa falsa de que el logro personal se obtiene a costa de otros (los perdedores). Esto último minimiza el esfuerzo personal o colectivo realizado para conseguir un objetivo y transmite la sensación de que se ha ganado un sorteo, mas que haber obtenido un reconocimiento al trabajo desarrollado.

Kay Hymowitz, en el Wall Street Journal y en referencia a los 1500O estudios que ha generado el concepto, recoge la poca evidencia de que la alta autoestima mejore las calificaciones, reduzca la conducta antisocial o el consumo de alcohol.

De hecho, decirles continuamente lo listos que son puede ser contraproducente. Muchos niños o niñas están tan convencidos que son pequeños genios, que no ponen mucho esfuerzo en su trabajo. O están tan presionados con las alabanzas que se convierten en niños problemáticos o ansiosos.

La solución a este dilema parece sencilla. Si queremos autoestima ¡hagamos cosas estimables!. Los logros no se pueden extraer de una chistera o “descargarse” de internet. El conocimiento se adquiere estudiando, las habilidades ejercitándolas y los logros personales se obtienen con una adecuada mezcla de tesón, motivación y esfuerzo.

Es este empeño el que genera esa sensación de orgullo y estima propia, personal. Podemos solucionar el puzzle que está haciendo nuestra hija o podemos ayudarla a que lo consiga por si misma. La sensación que experimentará será bien diferente.

Son numerosos los estudios que confirman que la satisfacción es un sentimiento interno. Mientras la subida de dopamina asociada a un premio es efímera, el esfuerzo que lleva a conseguirlo es bastante mas duradero.

Este esfuerzo compromete al individuo de una forma personal que, a veces, tiene poco que ver con las recompensas que se obtengan. El reconocimiento propio de nuestras capacidades es un sentimiento que nos acompaña a lo largo de nuestra vida.

La verdadera autoestima nos hace sentir bien porque esta basada en el orgullo. Y éste se sustenta en la confianza y la capacidad. La estima y las emociones relacionadas provocan una sensación de éxito y confianza en lo que hacemos. Es un sentimiento muy agradable que no se puede conseguir, sin embargo, sin esfuerzo y disciplina.

El otro lado de la autoestima no es el fracaso. Todo lo contrario, el fracaso forma parte del juego. Se aprende de él, se genera tolerancia y se sigue intentándolo hasta que conseguimos aquello que buscamos, aprendiendo a disfrutar del proceso, de sus contraluces.

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