El “efecto halo” es un curioso mecanismo psicológico por el cual a determinadas personas que, en un ámbito de su vida son relevantes, se le suponen muchas otras características que, a menudo, no poseen.

El “efecto halo” es un clásico de la psicología social. Las evaluaciones globales acerca de alguien (es agradable) derivan en juicios específicos acerca de rasgos específicos (es inteligente). De esta forma, encontramos que a determinados políticos, artistas, o personajes públicos les asignamos virtudes o conocimientos que es muy probable que no respondan a la realidad. Como a menudo son atractivos asumimos que son inteligentes, amistosos, tienen buen juicio. Esto ocurre aunque tengamos a veces muchas evidencias de lo contrario.

Los políticos utilizan el “efecto halo” tratando de aparentar calidez y cercanía, sin que realmente estén transmitiendo nada. Tendemos a pensar que sus políticas serán buenas porque parecen buenas personas.

Aparentemente, deberíamos tener la posibilidad sencilla de revertir este proceso que nos ha llevado a una conclusión errónea, especialmente cuando comprobamos que el actor (o actriz) agradable no es tan inteligente como pensábamos y que, el político (o política), “creíble” no lo es tanto.

Pero no ocurre así. El término en sí fue acuñado por Thorndike en el año 1920 a partir de sus investigaciones en el ejercito en donde observó la tendencia de los oficiales a atribuir una serie de características positivas a sus superiores a partir de una sola cualidad positiva o a valorarlos negativamente a partir de una única cualidad negativa.

En los años 70, Nisbett y Wilson realizaron un experimento donde a dos grupos de estudiantes se les mostró a un profesor dando sus clases. En un video éste se mostraba autoritario y distante mientras que en el otro se comportaba de manera cordial y afable. Los estudiantes que vieron al más profesor mas positivo lo calificaron como una persona simpática y atractiva mientras que los que lo vieron en “negativo” lo describieron como poco agradable o agraciado.

Lo verdaderamente curioso fue que los estudiantes consideraron que la actitud del profesor no estaba incidiendo en cómo evaluaban su atractivo físico.

Otro de los usos habituales del “efecto halo” lo observamos diariamente en los productos que compramos; un libro con “23 ediciones” o con una recomendación cualificada es mas fácilmente vendible que el mismo libro con una portada sencilla o los alimentos etiquetados como “orgánicos” nos resultan mas fiables que aquellos con etiquetas “normales”.

Así que, la próxima vez que vayamos a comprar unos pantalones “de marca” o a votar en unas elecciones, parémonos a valorar si estamos bajo el “efecto halo”.

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